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enero 16, 2013

Para algunos una pregunta vigente; para otros una cuestión obsoleta que nos obliga a dejarla atrás y encargarnos de lo que está pasando actualmente. La literatura e internet pasaron de una relación de mutua desconfianza a una cada vez más simbiótica. Sebastián Robles arroja luz, plantea interrogantes y abre el juego sobre la forma en que la Internet aparece en tres novelas argentinas de los últimos años, y sobre la forma en que ha cambiado la relación mencionada anteriormente -motivada por la evolución vertiginosa de Internet-. Desde el lado uruguayo, a su vez, se podría plantear un diálogo con El exilio según Nicolás de Gabriel Peveroni entre otras. Queda, pues, abierto el tema para su lectura y  comentarios.

 Tres lecturas sobre internet 

Por Sebastían Robles



Desde hace algunos años viene circulando la pregunta acerca de la influencia de internet en la literatura. Casi al mismo tiempo, se desarrolla una literatura donde esta influencia ya no es una pregunta, sino una realidad.

Una de las novelas precursoras en el ejercicio de narrar internet es El pornógrafo, de Juan Terranova, publicada por editorial Gárgola en 2005. Precursora y definitiva, al menos en lo que respecta a la narración a través de un chat de Messenger, dispositivo hoy caído prácticamente en desuso. Leída en la actualidad, la novela puede ser entendida como un reflejo fiel de los modos de comunicarse de aquellos años en que el fenómeno de los blogs y lo que se denominó la “web 2.0” empezaba a explotar, pero estaba todavía lejos de encontrar su apogeo. Los personajes, así, conversan acerca de diferentes temas –fundamentalmente, mujeres– y asisten a la web como quien se asoma a una vidriera o a una pantalla que se refleja el devenir de las cosas. No son tanto actores como comentaristas de un drama, que remite a una realidad que sucede afuera del ámbito en que ellos se encuentran. El chat, así, se transforma en una versión escrita y con sus propias singularidades de una conversación telefónica, una charla de amigos durante una película o un largo intercambio entre los parroquianos de un bar.

La internet de No alimenten al troll de Nicolás Mavrakis, publicado en 2012 por editorial Tamarisco, es sensiblemente diferente. Los personajes ya no son espectadores sino que se transformaron en actores en un universo que no se limita a reflejar una realidad de afuera, sino que la constituye con normas propias. Esto influye en la naturaleza de las historias que narra Mavrakis, cuyos personajes (un hacker, el moderador de los comentarios de un sitio de noticias) actúan y reflexionan en torno a situaciones que ocurren dentro de la web. No hay un afuera y si lo hay, en todo caso, está condicionado incluso materialmente por lo que ocurre en internet, que es el espacio donde estos personajes trabajan y se desenvuelven durante la mayor parte del día. El efecto que esto produce no es asfixiante, como podría inferirse de esta caracterización, sino ominoso. Ahí donde siete años atrás Terranova encontraba sensualidad y vínculos afectivos genuinos, Mavrakis descubre un universo de paranoia, demencia y soledad. Internet se transformó en otra cosa.

Ambos libros retratan etapas de una evolución que no se detiene. Otras señales de ella pueden ser rastreadas tanto en los libros posteriores de Terranova, como en los artículos publicados por Mavrakis antes de No alimenten al troll. En uno se acentúan sus rasgos vitales, mientras que el otro radicaliza su carácter siniestro.

Los cuerpos del verano de Martín Felipe Castagnet, publicada en los últimos meses por editorial Factotum, extrema las condiciones del presente, siguiendo la tradición de la mejor ciencia ficción, para ofrecer una visión verosímil sobre el futuro de internet –y también, desde luego,  sobre ese presente en que fue escrita. En la novela de Castagnet los cuerpos se transforman en una especie de hardware intercambiable, volviendo difuso el límite entre la vida y la muerte. Los personajes están lejos de ser espectadores, pero tampoco es exacto definirlos como actores de internet, a la que deben su propia existencia. O mejor dicho, su persistencia –la persistencia de su memoria– en el tiempo.

Cabe preguntarse cómo será la literatura producida por los nativos digitales. Aquellos que, incluso hoy en día y sobre todo dentro de algunos años, no recuerden un pasado sin internet. Tal vez en estas obras se encuentre una respuesta.

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