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abril 26, 2013

En este texto Elvio Gandolfo realiza un exhaustivo recorrido por la Colección De los Flexes Terpines dirigida por Mario Levrero. A partir de esto se desprenden múltiples temas como la idea de colección, el diseño, la figura del editor, el contexto socio-histórico, por ejemplo. Es un material muy interesante a la hora de pensar el mapa literario ya que no se agota en la valoración concreta sino que dispara diversos tópicos del campo cultural que vale la pena pensar. Un texto para tener en cuenta  al momento de debatir ideas y reflexionar respecto al panorama narrativo actual.


 Colección De los Flexes Terpines: 
 Nuevos, muchos y buenos 

por Elvio E. Gandolfo
Publicado en El País Cultural N° 653. 10 de mayo de 2002.


El primer efecto es la sorpresa. En pleno reacomodamiento y achique de las novedades editoriales, un sello bastante nuevo difunde una colección de quince títulos narrativos de autores uruguayos, en su mayoría inéditos. Justamente el sector más golpeado por las apreturas económicas del momento. La colección es dirigida por un escritor admirado y convertido a veces en gurú por los autores jóvenes: Mario Levrero. Se establece un sistema de reducción de los costos a través del tamaño, primero (un libro realmente de bolsillo); de la falta de ilustración de tapa, después, y de compartir los costos entre autores y editor, por último. Además se editan los quince títulos de una sola vez: de cada tirada de 300 ejemplares se van entregando 100 de cada título por mes a las librerías. Para el hipotético lector omnívoro de literatura uruguaya, la edición conjunta permite ofrecer la totalidad de la colección con descuento o en cuotas. Dicho de otra manera: quien quiera ofrecerse un festín de narrativa uruguaya nueva, puede hacerlo.

En un medio a menudo entregado a las discusiones bizantinas, la inercia, la dispersión, el predominio de los egos individuales o la queja, sorprende además la conjunción de las individualidades necesarias para que terminara por concretarse la realidad de los quince libros, más allá de las inevitables discusiones previas. El propio Levrero reconoce en el «prólogo a la colección», que viene luchando por concretar el proyecto desde 1995. A la presencia tutelar del autor de La ciudad habría que agregar al menos los nombres del editor Pedro Cribari, de los coordinadores Gabriel Sosa y Rosario Marchesano, y del diseñador (y autor incluido) Pablo Casacuberta, que supo sacarle equilibrio visual a las limitaciones físicas del producto. La tipografía del texto es muy legible, y los libros son cosidos, gracias a lo cual no se desarman mientras se leen, como suele ocurrir con algunas colecciones de libros de bolsillo.

EL FESTÍN. Pero la sorpresa principal, meta de todos los esfuerzos organizativos, es la alta calidad que va revelando la lectura ordenada de la colección completa. Si se tiene en cuenta que el primero y el último título de la serie son las Irrupciones del propio Levrero (que expresa cierto fastidio por esa inclusión), son trece los libros de autores relativamente nuevos. Porque, por ejemplo, están presentes Felipe Polleri, Pablo Casacuberta y Fernanda Trías, con obra ya publicada. A medida que desfilan los nueve restantes asombra la solidez formal y argumental con que narran. La mayoría son cuentistas, y si podía temerse cierta homogeneidad, por el hecho de que un alto porcentaje de ellos son o fueron alumnos de los talleres literarios de Levrero, la sospecha queda dinamitada por la variedad.

El arcoíris temático y formal es muy amplio. Puesto uno a elegir entre los poco conocidos, se pueden mencionar tres títulos: El tobillo derecho de Elvira de Beatriz Dávila, Un puente largo y antiguo de Gonzalo Paredes y Qué voy a decirle de Mary Moreno. En el primero, Beatriz Dávila (de quien se había publicado algunos cuentos en la prensa) maneja un estilo directo, contundente, pragmático. Para avanzar sin respiro, el relato recurre a estrategias diversas: elige atajos y recursos que resuelven con rapidez y vigor los problemas. Llama la atención la seguridad con que funciona el espacio (interiores, patios, etc.) donde ocurren las cosas. En el plano de lo sensorial y el afecto pasa algo parecido. Por ejemplo en «María Estela», la historia de una muñeca favorita, o en «D’Arienzo», donde la visita del músico argentino a una pequeña ciudad desata el tango y un descubrimiento psíquico, simple pero fuerte, sobre los padres que bailan.

Valores del mismo tipo, pero indudablemente urbanos, no de ciudad chica, aparecen en Gonzalo Paredes. En los primeros relatos la brevedad limita la admiración al pulso para presentar y desarrollar temas que terminan pronto. Pero dos cuentos más extensos son antológicos: «Hacía un rato que discutían sobre mí» y «Un puente largo y antiguo». El primero recurre a la deriva nocturna de una pareja en busca de pizza para llevar a la reunión en un departamento desde el que han partido. Cambios difusos, dudas, el clima de la noche envolviéndolos, y por fin la pizzería (con un retrato perfecto de «chantas» montevideanos) logran  algo poco frecuente: un clima casi misterioso a pesar de la aparente nada cotidiana y el breve trayecto. El logro del segundo relato es más espectacular: sin perder el pulso de lo narrado, convierte un trozo de historia francesa en el territorio del delirio controlado y de los cruces inesperados y surreales. El aparente desborde tiene sin embargo una lógica y construcción impecables. El resto de los relatos anuncia y consolida esas dos cumbres.

En Qué voy a decirle Mary Moreno renueva en los primeros relatos el tema de la mujer «perdida», que rebota entre experiencias diversas, sin lograr aferrarse a una seguridad. Después el espectro se abre hasta llegar al cuento que da título al libro, el más extenso. Allí aparece con fuerza y violencia el tema de la mujer sojuzgada por el varón legal, por el marido, sin ninguno de los lugares comunes que se le han ido adhiriendo, desde la vulgata feminista hasta Stephen King. Como los otros dos libros, está muy bien escrito, en uno de los mejores sentidos de la palabra: una búsqueda de la sensación o el detalle preciso, sin detener la exposición de la historia, con bruscas sorpresas formales donde el lector descubre nuevos planos, o piensa: «nunca se me había ocurrido mirarlo desde ese ángulo». Para decirlo con una vieja frase de los formalistas rusos: “rompen el automatismo de la percepción».

EXPERIMENTOS. Hay un área donde esa pretensión es programática: la literatura experimental, en otras épocas llamada vanguardista. Con el paso del tiempo, dicha zona, que se arrogaba el puesto de avanzada único de la literatura, ha terminado por ser a menudo tan previsible y formulista como cualquier otro género (el policial, la ciencia ficción). En su riqueza y variedad la colección presenta dos ejemplos a la vez muy distintos y coincidentes. Ante ellos, basta leer un par de páginas (como pasa con una policial o algo de ciencia ficción, aunque no se anuncie como tal desde la tapa) para decirse: «esto es un texto experimental».

En el caso de Pablo Casacuberta, una de las figuras líderes de la cultura joven uruguaya de este momento (Esta máquina roja, El mar, algunos videos), el aviso no puede ser más claro. Una línea más o menos recta es una sola línea de texto desplegada a lo largo de 94 páginas, que arranca y se interrumpe sin mayúscula al principio ni punto final de cierre: está escrita en toda su extensión con minúscula. Con entusiasmo juvenil, mezcla el principio del cosmos (o Big Bang), vericuetos de la genética y la semiótica, y trozos de vida propia o inventada. El dominio que Casacuberta tiene del lenguaje es magistral. Hay núcleos tan simples como un hombre viejo al que se le cae un huevo (simple, de gallina) y encarna la épica del fracaso, o un sueño donde dos hermanos sufren persecuciones terribles, o un logrado cierre (provisorio según la propuesta) con una mujer que renueva el modo en que funcionaba el elemento femenino, por ejemplo, en El pozo o en algunos textos de Mario Levrero. Los tres momentos, y algunos otros, son inolvidables. Pero hay que llegar a ellos, sacarlos de la ganga formal de la falta de puntuación y la respiración de la línea interminable, porque están cerca del final, y como ocurre con textos experimentales de tan rigurosa exigencia para el lector, el cansancio progresivo físico, del ojo leyendo, es una de las dimensiones posibles de la apuesta.

En La súbita proximidad Laura Alfonso elige un territorio formal menos extremo pero con insólitos rendimientos. Una mujer que está encargándose de un jardín es visitada por un hombre, Tom, que le hace una confesión. El primer capítulo es en gran parte ese monólogo, que no se niega ningún desvío ni ramificación. Más tarde la propia mujer monologa a su vez. Ambas masas verbales (que se tocan entre sí más de una vez) están recorridas por personajes muy extraños, con conductas carambólicas, y toques de auténticos freaks. Se tocan niveles diversos de la conciencia o la inconsciencia (hay más de un sueño), o se emplea un esfuerzo desmesurado en describir con minucia los gestos de los personajes. Lo que se instala poco a poco es una vivencia distinta del mundo, que puede asimilarse a ciertas narraciones de Marguerite Duras, no por el tono, o por influencia, sino porque también ella supo usar el tono del relato clásico, incluso el melodrama o el relato gótico (que aquí suena levemente inglés) para mejor hacerlo estallar.

REGRESOS. Tanto Felipe Polleri (Carnaval, Colores, Amanecer en Lisboa) como Fernando Trías (La azotea) ya conocían la letra impresa y encuadernada. El primero ha ido provocando un módico «culto», semejante al que rodeó en su momento la obra inicial de Levrero. La segunda logró con su primera novela publicada un fuerte apoyo de la crítica.

El rey de las cucarachas repite la hazaña de sus breves novelas anteriores. En poco espacio, y a despecho de la sordidez de los hechos y los personajes, logra quedar adherida a la memoria por su fuerte exigencia formal. Cuanto más violentas y terribles son las anécdotas, más se extrema el cuidado en la elaboración de las metáforas o las imágenes, sin traicionar esa materia inicial fragmentada, deteriorada. Hasta cierto punto es como mirar un teatro de títeres de la desesperación, un carnaval chirriante de lo feo, cortado por bruscos brochazos emocionales o directamente sentimentales. Ante la gravedad del panorama pintado, sin saber por qué, el lector a veces no puede dejar de soltar una sonrisa o carcajada inexplicable, admirativa, que le provoca la energía expresionista del estilo.

En Cuaderno para un solo ojo Fernanda Trías repite el juego de tensiones entre un lenguaje eficaz y fluido, casi seductor en su elegancia, y una anécdota de deterioro y sordidez que va empeorando lentamente, que ya caracterizaba a La azotea. Contado por una de las integrantes de una pareja de lesbianas, con la figura casi totémica de una terapeuta tuerta como testigo a veces ladino, a veces menor, lo que perjudica la relación entre esos dos planos es el planteo previsible del argumento. Pronto el exceso de autoconmiseración y desdén de la protagonista hacia sí misma, unido a una serie de traiciones muy esperables, desencadenan la también anunciada violencia del final, aun cuando las frases cortas, de autodefinición exasperante del cuerpo y de la mente, sigan construyendo sus climas.

CAMINOS SEGUROS. Tanto Olympia Frick como Ida Decia y Rosario Marchesano recorren territorios seguros, más transitados con anterioridad.
Olympia Frick (evidente seudónimo) maneja por ejemplo el género de la ciencia ficción sin apartarse un milímetro del tono profesional y un poco frío de los textos en castellano publicados por revistas como la recordada Nueva dimensión, incluyendo los nombres, el estilo «traducción del inglés», los planetas, las naves y la soledad del espacio. Por suerte el relato más extenso, «White World», logra armar un clima onírico, poético y angustioso que apunta más alto, a autores como Ballard, por ejemplo. En un mundo de hielo y nieve los hechos son bastante inexplicables, angustian y encantan a la vez, y eso se convierte en sugerencia creciente en vez de confusión, fragmentado  las convenciones de los demás textos.

En el caso de Ida Decia, los textos cortos tienen un fuerte sabor a taller literario: una serie de sensaciones o propuestas que suelen agotar su sentido en el sentimiento de un acertijo propuesto y resuelto. Otra vez es el texto largo, «La infancia de Ercilia» (título también del libro), el que presenta las mejores virtudes de la autora. Reconstruye allí una infancia con elenco familiar completo y la suficiente cantidad de hechos curiosos como para acercarla a la zona anecdótica de Felisberto Hernández y librarla de la pura nostalgia.

La helada sombra que me habita, novela de Rosario Marchesano, apunta a la tensión del thriller, y la consigue solo a medias. Por una parte, la historia de un grupo encerrado en un refugio casi de balneario (en realidad de cerro cercano al mar), acosado por un merodeador, acentúa los costados teatrales que facilita la situación. Por otra, el entretejido de una serie de fragmentos en itálica, que revelan el subconsciente invadido por temores anteriores y sutiles de la protagonista, en vez de potenciar debilita el crecimiento de la tensión. Los personajes parecen invadidos por vacilaciones excesivas ante un peligro cierto, y el nombre del peligroso sujeto agresor (Gastón Duplat) acentúa las resonancias de cierta época de la narrativa europea inglesa o francesa.

JUEGOS Y ENCIERROS. Los libros de Alejandra Suárez, Inés Bortagaray y Patricia Turnes acentúan los costados lúdicos o los climas asfixiantes. En La mujer de la casa grande de Alejandra Suárez hay un uso preciso del lenguaje para comunicar estados de ánimo huidizos, muchas veces emparentado con la angustia. Baste como ejemplo el brevísimo «Un ritmo» inicial, o «Había una silla», también breve, compacto e intenso. En la apuesta más extensa, «La mujer de la casa grande», la extrañeza de lo que ocurre y su carácter inexplicable exigen al lector una atención extrema, de lectura y emocional, que apenas encuentra alivio en el trozo final.

A pesar de su título un tanto trágico o amenazador (Ahora tendré que matarte) los textos de Inés Bortagaray, colocados sin título uno tras otro, emprenden un juego sensible y con frecuencia alegre, colorido. Por lo general parten de una frase concreta y aleatoria a la vez: «La polilla aleteó un poco antes de morirse », «Ahora todos los estadounidenses aplauden la llegada de la lancha a vapor », y despliegan una red multicolor a partir de allí. O eligen sistemas, como contraponer cosas falsas y verdaderas, con un estilo rápido, sincopado, de lista al borde del descontrol. Otras veces visitan la infancia o la presencia acogedora de la familia de provincia. Conviene leer el libro de a poco, no de un tirón, paro no desgastar el impacto ante la acumulación de tantos textos breves.

En Últimos días con mi familia Patricia Turnes, por último, consigue dotar de carne existencial, de experiencia, un tono frecuente en los textos iniciales de narradoras y narradores uruguayos: la deriva, la borrachera, el sexo a secas, las marcas significativas, los nombres simbólicos (Disney, el grupo B’52, Sony) que a veces son un precio y otras, un sentido. Las frases suelen ser cortas; el avance, rápido; las resoluciones, bruscas y sorprendentes, pero con lógica interna.

POR LA VUELTA. Una vez leídos, consumidos, varios de los títulos en De los Flexes Terpines invitan a la relectura. Seguramente la lista será distinta según cada lector. Abren además una expectativa mayor. La pregunta de si será posible, en este Uruguay 2002 un tanto fatigado, una segunda serie de nuevos narradores tan variada, extensa y lograda como esta.



LOS LIBROS

* Irrupciones I de Mario Levrero. 186 págs.
* La mujer de la casa grande de Alejandra Suárez. 124 págs.
* La helada sombra que me habita de Rosario Marchesano. 107 págs.
* El tobillo derecho de Elvira de Beatriz Dávila. 101 págs.
* Cuaderno para un solo ojo de Fernanda Trías. 103 págs.
* El rey de las cucarachas seguida de Vidas de los artistas de Felipe Polleri. 126 págs.
* Qué voy a decirle de Mary Moreno. 118 págs.
* 10 relatos fantásticos de Olympia Frick. 138 págs.
* Últimos días con la familia de Patricia Turnes. 131 págs.
* La súbita proximidad de Laura Alfonso. 74 págs.
* La infancia de Ercilia de Ida Decia. 110 págs.
* Una línea más o menos recta de Pablo Casacuberta. 103 págs.
* Un puente largo y antiguo de Gonzalo Paredes. 116 págs.
* Ahora tendré que matarte de Inés Bortagaray. 125 págs.
* Irrupciones II de Mario Levrero. 149 págs.

Cauce Editorial, Montevideo, 2001.

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