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octubre 23, 2013

  Una noche en el Solís 

Por Ignacio Alcuri * 


El teatro estaba repleto y no era para menos: el famoso clarinetista polaco Yupansky visitaba nuestro país por primera vez en más de una década. La productora había tenido que agregar una segunda función, para la que solo quedaban un puñado de entradas.

Diez minutos después del horario programado para comenzar, el maestro salió a escena y provocó una explosión de papel picado, cánticos y hasta una bengala. Esto último me pareció de mal gusto y le respondí con silbidos.

Cuando todo se silenció, Yupansky se dirigió a nosotros en perfecto castellano. Explicó que su manager de toda la vida había muerto de un ataque al corazón en los camerinos, hacía pocos minutos, pero que realizaría el concierto en honor a su memoria. Le respondimos con una ovación de pie.

Comenzó tocando su famosa «Suite n.° 13», un reggaeton escrito en la mencionada habitación de un conocido hotel de Miami, y siguió con dos temas de su último disco. La cuarta interpretación fue un cover de Mozart.

Promediando el show, un hombre de gabardina beige pidió el micrófono a Yupansky para hacer un anuncio. Se identificó como un detective de homicidios y reveló que el manager en realidad había muerto envenenado, y que todos éramos sospechosos. Aclaró que los interrogatorios recién comenzarían cuando finalizara el concierto, lo que aplaudimos con gratitud.

La segunda mitad del repertorio del polaco cayó en varios lugares comunes, como la sonata «Mate del Pastor» en cuatro movimientos y un tema de Eduardo Mateo, cuyo apellido Yupansky pronunció erróneamente «Matthews».

Después del último tema, los presentes mantuvimos las palmas, cumpliendo nuestra parte del contrato tácito que garantiza dos o tres bises, pero Yupansky no aparecía. Quien sí lo hizo fue el detective de homicidios. Explicó que el análisis de las huellas digitales en el frasco de veneno condenaba al músico, quien se había enterado del amorío entre el manager y la señora Yupansky.

No volvimos a ver al virtuoso, quien fue conducido por la policía por la puerta trasera del teatro hasta la comisaría más cercana. Dejamos la sala de forma ordenada, comentando por lo bajo lo sucedido.

La información todavía no había llegado al exterior, y los que habían comprado entradas para la función de segunda hora hacían fila en la puerta del Solís. Nos miraban de reojo, buscando apenas un indicio de cuán disfrutable había sido el espectáculo. Yo no pude con mi genio, y dije en voz alta:

—El asesino es Yupansky.


* Agradecemos al autor la gentileza de permitirnos publicar este cuento.

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