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diciembre 19, 2012


Todos nos preguntamos qué pasó en los 90. Eso que hoy es casi un agujero negro que pasó fugazmente dejándonos la sensación de que tras de sí quedaba mucho. Lo cierto es que cuando fuimos a buscar esos restos tras el temporal, a la hora de armar Ya te conté, descubrimos que había poco que rescatar, y lo poco que había, era necesario sacarlo de cierta bruma. Pero qué pasó en los 90, era una pregunta que seguía girando en torno nuestro. Por eso le pedimos a Gabriel Sosa, escritor, integrante de una revista importante de esa década en Uruguay, que brevemente nos tirara alguna línea para darle luz a ese período esmerilado. No solo hizo eso sino que también ensayó un mea culpa, una autocrítica que pinta de modo tajante un período. Son los testimonios de quien, al igual que muchos, pensó que ese sueño de "pizza y champán" menemista (con su equivalente lacallista), no llegaría a su fin. 

 Cuando fuimos héroes e idiotas 

Por Gabriel Sosa

La de los 90 fue la década que nos engañó a todos.

A todos los que nos movemos en el ambiente cultural/periodístico/literario.
Los que por unos pocos años pensamos que se podía, sí, se podía, dedicarse a hacer lo que a uno le gustaba y vivir de eso. Y vivir bien.

Que uno podía, por ejemplo, dedicarse  a ver películas, leer libros, escuchar discos, y luego comentarlos en una revista, en un suplemento, y que le pagaran por eso. Y con esa plata vivir bien. Vivir en Pocitos, quien quisiera. Viajar. En los 90 trabajé en una revista en la que casi todos los redactores viajamos a Europa. Algunos más de una vez. Y casi todos vivíamos en Pocitos. Porque se podía. Pocos teníamos auto, porque, ¿para qué están los taxis? Y todos teníamos cable.

Y los escritores también se engañaban. Pensaban que escribir les iba a deparar grandes cosas. Que por el extra que significaba que editoriales multinacionales (o editoriales emergentes locales, que sin duda iban a llegar alto y lejos) publicaran sus libros, iban a pasar del apartamento alquilado a la casa propia, por ejemplo. Porque en los 90 nos creímos que de la cultura, el periodismo o la literatura no sólo podía vivirse, podía vivirse bien. Haciendo lo que a uno le gustaba, lo que uno estaba preparado para hacer. Podíamos leer todo, escuchar todo, ver todo, disfrutar todo. Y había gente dispuesta a pagarnos por hacer eso. Y por escribir.

Lacalle dice que con él se vivía mejor. En realidad, con Menem vivíamos mejor, mientras se expoliaba un país entero al lado nuestro y esquirlas de esa dilapidación caían de este lado del río y nos daban y sobraba para que todos viviéramos bien. La crisis se estaba incubando del otro lado del Cerro, y la gente de la construcción o de los frigoríficos estaba lejos de poder leer todo, escuchar todo o viajar a Europa, pero nosotros, la crema del pensamiento uruguayo, nos creíamos que vivíamos en el mejor de los mundos posibles, donde lo más natural era que nos pagaran muy bien por hacer lo que nos gustaba hacer.

Y teníamos revistas con presupuestos delirantes. Semanarios que a fin de año pagaban aguinaldos dobles. Suplementos de diarios que compraban notas al por mayor y las dejaban en carpeta (y pagaban en dólares). Editoriales multinacionales que pagaban adelantos por primeros libros de autores nuevos. Editoriales independientes que publicaban obras completas de autores casi desconocidos en tapa dura. Ser periodista cultural era fácil. Adquirir cultura era fácil. Los que venían de los 80, los que empezaron en los 90, todos nosotros, por unos pocos años pasamos como niños en un cumpleaños saltando en nuestro propio castillito inflable, ignorando lo que había afuera y sin conciencia de lo que vendría luego.

Fuimos una auténtica manga de pelotudos, del primero al último.

Y cuando llegó la crisis, nos demolió. A los mejores y a los peores. Mucho se volvieron burócratas aferrados a un carguito, a un puesto de sub editor, a un cargo docente, a una subsecretaría estatal. Muchos desaparecieron. Raúl Forlán, el primero de todos, ya estaba exiliado y un poco delirante, y en 2004 murió en un accidente tonto. Gustavo Escanlar, tal vez el mejor de todos nosotros, fue derivando, autofagocitándose, convirtiéndose en personaje y caricatura, y al morir en 2010 dejó todas las enormes promesas sin cumplir.
Otros se fueron, se exiliaron a Barcelona, Nueva York o Buenos Aires (donde siempre la crisis es más dramática pero menos duradera). Otros dejaron de escribir, de leer, de ver películas, de escuchar discos. Otros se casaron, tuvieron hijos, construyeron vidas de verdad, se olvidaron de la década en la que todos fuimos héroes.

Otros perseveraron, buscaron espacios cada vez más diminutos, cada vez más mezquinos, en medios cada vez más caricaturas de sí mismos, o parodias sin gracia de los que existieron antes. Y ahí se fueron enquistando, anquilosando, volviéndose sombras.

Y alrededor nuestro todo cambió. El periodismo cambió, la cultura cambió, la propia prensa, y hasta la literatura cambió. Y hoy se cuentan con los dedos de la mano, y sobran, aquellos sobrevivientes de los 90 que siguen activos, que tienen algo que decir, que mantienen la frente en alto. Aunque ya no vivan en Pocitos ni viajen a Europa. El resto, despojos, fantasmas y recuerdos.

En los 90 se hizo mucho. Se escribió mucho. Se deliró mucho. Se publicó mucho. Se creó mucho. Se hizo mucho teatro. Se filmaron películas horribles. Se crearon muchas bandas que hoy deberían sonar aún. No fue una década fermental como la de los 80, pero el propio delirio económico sirvió para fogonear la creatividad y la libertad, y aunque fuera sólo por eso, fue una década creativa, rica, vívida.

Pero somos un país  que en silencio se enorgullece de tapar sus propias huellas. Si los 90 fueron valiosos o no, nunca nadie se detuvo a considerarlo. Si hay algo que merezca ser rescatado y preservado, jamás se discutió. La única utilidad de los 90 fue servir como piedra de toque para que la próxima generación, la pos-crisis, comenzara su propio y parricida desarrollo. Creyendo, como creímos en los 90, que su verdad es la única verdad. Que todo lo están inventando de cero. Que viven en el mejor de los mundos posibles.

2 comentarios:

  1. me parece que no se trata de saber quién era mejor o peor, sino de establecer parámetros de la literatura de esos años, pero como dije creo que esa literatura, la de los 90 no tiene nada que ver con lo que vino luego de la crisis, o sea la nueva narrativa (porque este proyecto va enfocado a la narrativa) y en cuanto a eso, si hablamos de los 90 tenemos que hablar de lo que se publicó en los 90 (literatura revelada en esos años) y los que publicaban narrativa en los 90 eran los ya consagrados, en cambio lo que sucede hoy es que los que publican narrativa son en su mayoría nóveles, ojo el piojo, aunque esos nóveles en el uruguay no aportan gran novedad en cuanto a estructuras, sistemas, rompimientos, experimentalismos, etc. y los nóveles argentinos basan su trabajo justamente en eso, en la novedad y el rompimiento con lo tradicional (he ahí que no existe una narrativa del río de la plata, esa es una entelequia, existe la narrativa uruguaya y la narrativa argentina, pero no una narrativa rioplatense, porque no se acercan a la narrativa y a la literatura desde un lugar común, ni toman posesión de un lugar aunque más no sea similar, sino que van por caminos totalmente diversos)

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  2. Copio el comentario de Pedro Peña en Facebook:

    "Sobre el artículo de Gabriel Sosa para Ya te conté, me gustó muchísimo. Creo que sí, que se equivocaron en los términos que él mismo reconoce.
    No estoy de acuerdo con su opinión de que la nueva generación, la post-crisis como la llama, esté cometiendo el mismo error. Nosotros vivimos la crisis de la misma manera aunque con diez años menos y sin haber sido publicados. En lo personal, y consciente tanto de mis posibilidades como de mis limitaciones expresivas, considero un privilegio ser publicado con asiduidad y que cierta parte del público lector opine que mis textos son buenos, se dejan leer con fluidez y aportan ciertas ideas a cuestiones varias. Me gusta dar mi opinión en algún medio y todas esas exquisiteces que menciona Sosa. Considero que debo apostar a vivir de la escritura pero a la vez no consiento en desvirtuar mi libertad expresiva en función de una mejora material. Mis objetivos han sido graduales y los he cumplido sin dejar de ser feliz por lo que escribo. Y ser feliz escribiendo es mi principal objetivo. Vivir de la escritura no es un sueño tonto. Es algo que se construye. ¿Supieron perseverar en la construcción? En la crisis de 2002 yo pasé hambre trabajando en un lugar donde convivía ocho horas con la miseria del ser humano. Tenía 27 y escribía desde hacía más de diez y leía revistas y publicaciones culturales uruguayas desde hacía aun más y no me daba para quejarme porque habían dejado de pagarme un aguinaldo doble en una revista de papel satinado. Ni siquiera me pagaban el sueldo. Mis padres naturales tuvieron a bien volver a recibirme en la mesa familiar al mediodía. Mis padres literarios se encargaron del resto.
    Respeto la opinión de Sosa y su sufrimiento intelectual. Pero no creo que deba arrastrarnos en su caída.
    Y hay otro detalle: jamás podríamos (la mayoría de nosotros, al menos) cometer parricidio con la generación de los ´90 por la sencilla razón de que no son nuestros padres. Amamos a nuestros padres. Los veneramos (pregúntenle a Ramiro Sanchiz, el más visible de todos, qué opina de P.K. Dick).
    Por otra parte, intelectualmente, a Gabriel Sosa se le ve saludable."

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