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diciembre 04, 2012

Queríamos hablar de la nueva literatura uruguaya, esa que se publicó apenas mañana. Entonces llamamos a Ramiro Sanchiz, el combativo, el escritor y el crítico. Sí, ese que se ha peleado con medio mundo, ese que escribe en la diaria, en facebook y ya no sé en cuantos blogs. Ese que también es un lector incansable de cuanta cosa produzcan las plumas, más bien teclados, uruguayos. Aquí presentamos la primera parte de tres entradas de su visión de las obras y autores más recientemente publicados, especialmente aquellos publicados en antologías. A ver qué opinan…

 El espejismo y la promesa 

Por Ramiro Sanchiz

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Que las únicas revoluciones toleradas por la literatura uruguaya son las silenciosas, que los escritores uruguayos parecen vivir en una versión aun más resignada de lo que Roger Waters llamó quiet desperation no es ningún secreto; tampoco que desde el fin de la dictadura la única cosa que realmente pasó en la literatura uruguaya fue esa pequeña o breve efervescencia de los escritores entonces llamados crueles, quién sabe si en broma o en serio –Henry, Mella, Escanlar, Peveroni– , que más o menos lograron delinear una literatura nueva, o que parecía nueva, entre el realismo cansado y de bordes limados de los autores bancados por EBO y el juego intrincado, rápidamente oculto y combativamente autista de Hamed, Rehermann y Espinosa (a quien una década después otros críticos elevarían al pináculo de un nuevo canon).

Salvo que en verdad podamos pensar que a partir del 2008 se empezó a perfilar una renovación más a largo plazo. La publicación de Porrovideo, el libro de cuentos de Jorge Alfonso –especialmente si la pensamos en sincronía con la emergencia de las editoriales HUM y Estuario, que, a la vez que fueron lanzadas apostando a autores un poco ninguneados pero ya veteranos, como Lissardi, Polleri y Gandolfo, también publicaron a escritores jóvenes como Rafael Juárez Sarasqueta, Daniel Mella y Matías Paparamborda–, y la aparición de tres muestras de narradores nuevos, jóvenes o emergentes (cada uno elija el término que prefiera), podrían entenderse como una posible inauguración, la fase inicial de un momento nuevo –más duradero y extenso esta vez– en la literatura uruguaya.

La objeción más inmediata a este tipo de especulaciones es la que suelen ofrecer las mentes demasiado cansadas o temerosas como para pensar: que no ha pasado el tiempo necesario. La afirmación tiene algo de perogrullada y por tanto, como algunos clichés, encierra alguna forma inútil de verdad. Pero incluso reconociéndole a esa objeción más importancia de la que merece, no deja de valer la pena el ejercicio de proponer ordenamientos quizá provisorios, y no por ello menos útiles –estoy pensando en la poca o mucha “utilidad” que puedan tener las taxonomías, que se bastan a sí mismas, en cualquier caso, como ejercicio de pensamiento, de ficción crítica, de punto de partida–. ¿Cabe leer (como quien dice adivinar, predecir, proyectar, dialogar), entonces, en las líneas que esbozaron esas tres muestras de narrativa nueva?

Implicado como me encuentro en el asunto, en dos de esos índices al menos, voy a responder que sí.  Al menos, en una primera instancia, en tanto punto de partida, en tanto panorama de nombres: los que fueron incluidos a esos libros y todavía andan por ahí, los que no lo fueron y su presencia ahora es innegable, los que fueron y ya no están. Es posible también, entonces, especular con las razones por las que algunos se volvieron más visibles, algunos se agruparon por afinidad y otros se separaron; otras instituciones –el premio anual de narrativa sponsoreado por Editorial Banda Oriental (en adelante EBO), los Fondos Concursables del MEC– repasaron esas líneas o las comandaron, pero, en cierto modo, a los efectos de proponer una fecha, todo comenzó en 2008.

La primera emergencia, entonces, fue El descontento y la promesa, publicada por la editorial Trilce y compilada por Hugo Achugar. De los veinticuatro escritores y escritoras incluidos, diez (Gabriel Schutz, Sofi Richero, Germán Videla, Dani Umpi, Natalia Mardero, Pedro Peña, Fernanda Trías, Daniel Mella, Juan Andrés Ferreira y Rosario Lázaro) ya habían publicado libros de narrativa; dos habían publicado cuentos en publicaciones dispersas y además libros de poesía u otros géneros (Horacio Cavallo y Francisco Tomsich); siete (Lucia Lorenzo, Jorge Alfonso, Leonardo Cabrera, Juan Rodríguez Laureano, Marcelo Silveira, Mauricio Aldecosea y quien escribe) habían publicado cuentos en publicaciones dispersas u obtenido premios o menciones en concursos de narrativa; tres (Virginia Anderson, Martín Arocena y Sabina Harari) jamás habían publicado anteriormente; uno (Daniel Zolvini) abandonó la escritura; y, por último, de una escritora (Natalia Fernández) no se ofrecían datos sobre este particular. Parece bastante claro que El descontento y la promesa no operó tanto “revelando” nuevos talentos (en tanto diecisiete de sus participantes ya habían logrado publicar anteriormente) como “agrupando” voces dentro de un compartimento etario (nacidos después de 1973). Achugar no propone subcategorías, no divide la selección en líneas temáticas o estilísticas (aunque hace, de todas formas, algunas sugerencias –tan tímidas y cuidadosas como sus consideraciones sobre la selección de los escritores participantes– en el prólogo); la presentación es estrictamente cronológica y corresponde eventualmente a un lector la tarea de pensar en semejanzas y diferencias.

En cualquier caso, la yuxtaposición, la nivelación –si se quiere– de figuras con variada (desde nula a casi “consagrada”) presencia en el campo, el ensamblaje de una muestra, otorga una suerte de “visibilidad grupal” que pudo de alguna manera contribuir al ingreso de ciertas figuras a un círculo más “interno” de la escena literaria local.

El hecho de que pocos meses después fuese publicada una segunda muestra podría haber logrado subrayar un poco ciertas apuestas y, armando una pauta de coincidencias y diferencias, apuntalar algunas voces y traer otras a colación. Sin embargo, lo cierto es que este segundo libro –Esto no es una antología, compilado por Horacio Bernardo, un narrador ausente en El descontento y la promesa–, que pertenece a una serie de libros producidos por el Ministerio de Relaciones Exteriores y la Universidad del Trabajo, cuyo destino pasa más por circuitos diplomáticos que por las librerías y la crítica, no logró ofrecer una imagen tan contundente (y no se trata de que El descontento lo fuera en gran medida) como la de la muestra que lo precedió. Cierto descuido –por decirlo eufemísticamente– parece sobrevolar el trabajo de Bernardo: no existe una propuesta definida de un criterio a la hora de incluir autores (en El descontento al menos estaba la fecha de 1973, con su peso digamos “histórico”), la presentación de los textos en el prólogo no logra siquiera esbozar propuestas claras de líneas de lectura y parece ofrecer más una suerte de performance bobalicona de Bernardo que un trabajo de acercamiento a los cuentos, en tanto ofrece apenas un encadenamiento caprichoso de temas en el que los cuentos son citados a modo de ejemplo y parafraseados, sin intentar leer por encima de ese ordenamiento ni atendiendo a dimensiones diferentes a la temática. Además, los cuentos van dispuestos a lo largo del libro según el orden alfabético de los apellidos de los autores, lo cual, después del prólogo (que también va nombrándolos y trayéndolos a colación de acuerdo a esa pauta), suena un poco a tomada de pelo.

Vale la pena, en todo caso, constatar algunas coincidencias. De los veintisiete escritores y escritoras incluidos, seis  (Horacio Cavallo, Natalia Mardero, Juan Rodríguez Laureano, Ramiro Sanchiz, Fernanda Trías y Dani Umpi) se repiten en El descontento y la promesa (vale aclarar que los “repetidos” son los autores, no los cuentos); los demás (Nicolás Alberte, Ignacio Alcuri, Martín Avdolov, Inés Bortagaray, Darío Caraballo, Laura Chalar, Andrés Díaz Días, María Constanza Farfalla, Leticia Feippe, Fernando Foglino, Carina Infantozzi, Marina Lázaro, Rodrigo Moraes, Daniel Morena, Martín Natalevich, Matías Paparamborda, Gabriel Peveroni, Alfonso Rodríguez, Gustavo Sosa, Carlos Tanco y Patricia Turnes) también podrían ser ordenados de acuerdo a sus presencia editorial. Así, diez (Alberte, Alcuri, Bortagaray, Chalar, Foglino, Mardero, Paparamborda, Peveroni, Tanco y Turnes) –trece si contamos los “repetidos” Umpi, Trías y Mardero– contaban con libros de narrativa publicados y también diez (Caraballo, Díaz Días, Farfalla, Feippe, Infantozzi, Lázaro, Morena, Natalevich, Rodríguez y Sosa) –trece contando las repeticiones de Cavallo, Rodríguez Laureano y Sanchiz– habían publicado anteriormente en muestras de narrativa, revistas o publicaciones de concursos. Finalmente, para cerrar la cuenta, hay que añadir a Rodrigo Moraes, que es presentado en el libro como autoeditor de dos trabajos narrativos.

Como nota un poco al margen, es interesante comparar la nómina de autores de Esto no es una antología con la que figura año tras año en la muestra A palabra limpia, publicada por Banda Oriental a partir del concurso organizado anualmente por la B’nai B’rith, con Tomás de Mattos, María Esther Burgueño y Marosa di Giorgio (a partir de la muerte de la poeta fue incorporado Rafael Courtoisie) integrando el jurado. En estos libros –no distribuidos en librerías ni reseñados en prensa y por tan invisibles como habría sido Esto no es una antología de no haber mediado el esfuerzo de algunos de sus autores en divulgarlo más allá de los canales para los que estaba pensado el libro– aparecen cuentos tempranos de Horacio Cavallo, Horacio Bernardo, Leticia Feippe, Laura Chalar, Constanza Farfalla y otros escritores y escritoras que figuran en el libro compilado por Bernardo, además de Jorge Alfonso, Martín Bentancor y Rodolfo Santullo.

La tercera muestra aparecida en 2008, publicada por Rebeca Linke Editoras –De acá! Algo de narrativa joven uruguaya de ahora– parece ofrecer una pose marcadamente opuesta a la de las anteriores; contra la meticulosidad  (que roza el no decir) de Achugar y al ruido blanco de Bernardo, el compilador Pablo Trochón se propone en el prólogo de su autoría una postura más combativa, que ya desde el título (“Esto no es un canelón”) parece apuntar a los compilados precedentes:

"No he de joder a los pasajeros con justificaciones de bitácora: que por qué merecen estar aquí, los que aquí están. No he de aturdir lamiendo mis pasos ni erigiendo manifiestos efectistas; no les encajaré pruritos académicos… Bien sabemos que la literatura es una niñería, un maravilloso arte de perder el rumbo, y que teorizar sobre ella es muy divertido, justamente porque no conduce a nada.
Creo que sería de muy mal gusto instalar chuecas lecturas borgeanas o resucitar desgastados recursos magritteanos en esta especie de tranquera, de mal trago que somos los compiladores explayándonos en páginas que generalmente terminan siendo ejercicios de autoayuda o de autobombo/a. "(pp. 5-6)

La pretensión de diferenciarse de los “pruritos académicos” de Achugar y de los “desgastados recursos magritteanos” de Bernardo, lamentablemente (y digo “lamentablemente” porque si algo hacía falta en este panorama de muestras de narrativa era la actitud combativa propia de los escritores del under, el tipo de prologuista que, alucinado, convencido y/o convincente sale a defender a los autores que incluyó con un cuchillo entre los dientes y los ojos cuarteados en sangre), produjo la muestra más endeble de las tres. El tono canchero o de vuelta que satura las palabras de apertura parece encontrar su reflejo en la sencilla boludez de las presentaciones  (autopresentaciones, cabe suponer) de buena parte de los autores. Se dice de uno, por ejemplo (las mayúsculas están en el original), “El tipo nace en Montevideo, URUGUAY, en 1973. De chico comienza a leer a la hora de la siesta. Todo lo que encuentra. TODO (…) Al 2008 el tipo sigue escribiendo fascinado, en Montevideo, URUGUAY” (p.69). Sobre una de las escritoras leemos “Dormilona, vaga y despistada. Si alguna vez te cruzás con ella por la calle y no te saluda, no es de mala onda, es que no te vio” (p.69), y sobre otro de los escritores “comenzó a escribir en los primeros años del liceo, para exorcizar el aburrimiento y ver si alguna chica le daba corte. Recién en la universidad tuvo suerte con lo último” (p.70). Del compilador se nos cuenta que “se lo ha comparado con Joyce y Faulkner y algunos afirman que es el Günter Grass del subdesarrollo. Hay quienes han llegado a gritar que es Borges y Kafka aleatoriamente; pero también los hay que dicen que en realidad es nuestro Viet Nam”. La pretensión humorística y el gesto que caricaturiza al under, de todas formas, sí marca una diferencia más que notoria con respecto a El descontento y a Esto no es una antología. En cuanto a los autores, el único que se repite en las muestras anteriores es Horacio Cavallo; de los otros nueve escritores, sólo Agustín Acevedo Kanopa contaba entonces con un libro publicado (de poesía). Pablo Alí, Martín Bentancor, María Pía Bolatto, Gastón Bustillo, Florencia Orrico, Juan Manuel Sánchez, el nicaragüense Luis Emel Topogenario y Andrea Jimena Viera Gómez contaban –o cuentan–, según la información aportada por el libro, apenas con cuentos aparecidos en revistas o en compilados; de hecho, de Bolatto, Sánchez y Bustillo se especifica que los que figuran en De acá! son sus primeros cuentos publicados.

En total, entonces, los tres libros reúnen a 54 escritores y escritoras. Para 2012, sólo 17 –es decir, casi una tercera parte– han publicado o vuelto a publicar libros de su autoría, incluyendo autores que harán su primera publicación (Cavallo, Cabrera, entre otros), autores que regresarán (Umpi, Alcuri, entre otros) y autores que reeditarán material de principios de la década del 2000 (Trías, Mardero, entre otros). Si estas muestras lanzaron a esa media centena y poco más a la arena, entonces, no han sido pocos los que permanecieron. También es verdad, por otro lado, que otras figuras muy visibles o visibilizadas (Damián González Bertolino, Rodolfo Santullo, Carolina Bello), sea a través de publicaciones (Santullo es, junto a Pedro Peña, uno de los autores “nuevos” más prolíficos, por ejemplo), de premios o de crítica, están ausentes de las tres muestras de 2008. Siguiendo esta línea, esos 17 autores (Bortagaray, Acevedo Kanopa, Bentancor, Cavallo, Alcuri, Chalar, Mardero, Peveroni, Sanchiz, Trías, Turnes, Umpi, Schutz, Peña, Mella, Alfonso y Cabrera) se reparten más o menos equitativamente entre El descontento y la promesa y Esto no es una antología (por lo que de ninguno de esos libros puede decirse que hizo mejores “apuestas”).

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