marzo 21, 2013

Poco antes de anunciarse que su novela 180 había sido galardonada con el Premio Anual de Literatura 2012, Carlos Rehermann contestaba nuestro cuestionario. Su plena participación en el campo literario durante las últimas dos décadas volvía pertinente la encuesta. Sus nociones de la historia del arte resultaron iluminadoras ante el problema de la novedad, incluso para las letras rioplatenses de estos tiempos.

Cuestionario: Carlos Rehermann

Respecto a las obras de  autores uruguayos y argentinos que comienzan a publicar narrativa a partir de los años noventa:
  • ¿Cuáles te parecen más relevantes y cuáles te gustaron más? ¿Por qué?

No tengo idea, no controlo las fechas, lo que pueda decir no tiene una base objetiva de fechas e índices. Si es por decir alguien reciente que escribe muy bien, Ramiro Sanchiz. Su obra es un continuum difícil de separar.
En Argentina, el mejor es otro Ramiro: Quintana. Sus tres libros son igualmente brillantes.

  • ¿Cuáles son tus criterios para evaluar estas obras y autores?

No están comprometidos con ninguna dirección de cultura. No mienten. Dominan el oficio.
Las obras son resultado inevitable de esas cualidades. Dentro de algunas décadas se podrá hablar de las obras; ahora son inefables.

  • ¿Cuáles te parece que han sido los criterios de las editoriales para publicar durante este período?

Ninguno. Las editoriales no tienen idea de la razón de su existencia. Conozco los motivos de los editores para publicar a esos dos autores, pero no tienen relevancia porque son equivocados.

  • ¿Te parece que hay elementos de novedad o ruptura en estas obras?

No tiene el menor interés detenerse en ese asunto. Pero me detengo en sus alrededores, para explicar por qué carece de interés.

Los criterios de valoración que ponen en la balanza la ruptura pertenecen a la historia de las vanguardias del siglo XX, cuando se estaba organizando el sustento ideológico de la sociedad de consumo. La novedad y la ruptura son completamente irrelevantes en el arte. El período, por las dudas, es 1908-1933. Después, un renacer de viejo con un frasco de viagra: 1950-1970, hasta la momificación pop. 

Cuando los criterios de novedad y ruptura fueron tomados como argumento por las vanguardias, el mundo vivía un clima de apocalipsis que el mercantilismo industrial aprovechó para legitimar la naciente práctica de la obsolescencia programada, a partir de la nueva profesión del diseño industrial (postulada básicamente por la Bauhaus). El triunfo de la cultura de consumo pasa por la legitimación de lo nuevo como valor artístico trascendente. 

El triunfo es claro: estamos aquí hablando de ese asunto, que no sirve para nada. ¿Qué importa si algo es nuevo? Importa si algo tiene sentido. Pero el único sentido que las inexistentes estéticas actuales pueden convertir en discurso es un elogio de lo nuevo que se limita invariablemente a la constatación de que, efectivamente, tal cosa es nueva o tal cosa no es nueva, sin agregar nada más.

Pero incluso eso es un error, ya que el arco de la experiencia vanguardista no dejó ningún espacio para nada nuevo, porque cuando lo nuevo incluye la autodestrucción, se termina el arte. Y eso ocurrió después de la pobre lectura que Warhol hizo de Duchamp, y con Warhol, toda la tropa de gente culta que en realidad no sabía leer.

Entonces, la única posibilidad (y se ve lastimosamente repetido en cada catálogo, en cada disco, en cada prólogo) es hacer de cuenta como si esto nunca antes se hubiera hecho. Pero como no es posible (siempre hay algún cortamambo que sabe), aparece la estrategia del simulacro, que es el must de la idiocia contemporánea.


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