marzo 27, 2013

Personajes que se deshacen en juventud, en crisis; víctimas o victimizados. Personajes no catalogados en la literatura, ni en la sociología, ni en la antropología son los que Lalo Barrubia dibuja en sus creaciones. La música y la literatura, los años ochenta. Una lectora a quien le gusta que la literatura le mueva el piso. Una escritora uruguaya que nos escribe Montevideo y su fragmentación, desde Malmö, pero cómo. Les dejamos la entrevista que ya te conté le realizó a través de dos continentes.

 Cuestioname que me gusta 
 entrevista a Lalo Barrubia 

por Jorge Fierro Gabriela Rama y Deborah Rostán 


Sabemos que la publicación de tu narrativa es posterior a la de la poesía. ¿A qué se debe ese acercamiento a la narrativa? ¿Cómo lo viviste?

He escrito tanto narrativa como poesía desde el principio. Grandes partes de Arena estaban escritas desde 1989. Y publiqué mi primer cuento en 1991 en una antología (Mujeres de mucha monta, Arca). Y también escribí una novela más que se la chupó el disco duro de un computador que se estropeó.

Fueron los procesos de publicación que se dieron de formas diferentes. Eso también te cambia la relación con tu trabajo, claro. Mientras no tenés respuesta, diálogo con el público, el desarrollo de tu escritura se estanca un poco. Yo nunca hice gestiones para publicar nada, ni poesía ni narrativa. Fueron las editoriales las que me hicieron ofertas, o mis amigos los que hicieron gestiones por mí. Y me siento agradecida y privilegiada de tener amigos que además de ser generosos y emprendedores entienden algo de literatura, como Andrea Blanqué, por ejemplo.

El hecho de que mi obra poética se conociera más temprano tiene que ver más bien con que la poesía tiene más posibilidades de ser ejercida por iniciativa propia, y me refiero obviamente a la poesía oral. Ese tipo de espacios siempre estuvieron más a mano, tanto en la accesibilidad a los ya existentes, como en la posibilidad de crear propios. Y como yo le he metido mucha energía a producir poesía para ese formato más que a usarlo para completar o promocionar mis publicaciones, creo que logró el efecto de ponerme en contacto con el público de una forma mucho más efectiva de lo que podría haber sido por ejemplo una edición de autor. Y sin eso Suzuki 400, que fue lo único que publiqué en el siglo xx, podría haber pasado desapercibido.

Tanto en Arena como en Pegame que me gusta, e incluso en el último cuento de Ratas, parece haber un arrepentimiento de la vida que de alguna manera elegían esos personajes de los 80 y 90…

Visto desde mis intenciones al escribir esas historias no creo que arrepentimiento sea la palabra más feliz. Se podría decir que hay un reconocimiento, o aceptación, de la parte de responsabilidad propia en las vidas que se crearon. Pero considero que hay un carácter muy distinto en Arena que en Pegame que me gusta. En Arena el personaje cuenta una historia como parte de un proceso por el que —de una forma u otra— cualquier adulto va a pasar para deshacerse de la juventud y seguir adelante. En Pegame… la historia está narrada por personajes en crisis, que más que arrepentirse se victimizan.

¿Se podría justificar, en esa línea, la elección o la configuración de personajes marginales, que no trabajan, ni lo desean —por lo menos no ocho horas—, y que no tienen a su vez poder de decisión sobre la realidad en que se encuentran insertos?

Mi intención es crear personajes que no estén catalogados en la literatura o en la sociología o en la antropología, pero que existen, o existieron. Mi intención con Arena, por ejemplo, era mostrar una parte de nuestra generación de la que no se hablaba en el discurso sociológico ni en los ríos de producción periodística sobre nosotros. Pero sobre eso no quisiera hablar demasiado, creo que para entender mejor lo que estoy hablando habrá que leer mi próxima novela, que ya está en camino.

Diferentes temáticas o motivos persisten en tus obras. Entre ellos, la música. ¿A qué se debe esta musicalidad de tus novelas, o, en efecto, la música, sus letras en medio del texto, como sucede en Arena, por ejemplo?

La música es muy importante para mí. Y el cine. El cine, sobre todo, como inspiración y aprendizaje de lo narrativo, y la música, como lenguaje puro, sonoro, y también, como poética. Los textos de canciones son la forma de poesía que más consumimos, forman parte del discurso cotidiano con el que construimos nuestras historias. Yo siempre aspiré a escribir lo más cerca posible de la narración oral, de lo sonoro, y de la vida real. Aunque el concepto de la vida real es discutible y subjetivo; pero eso lo analizamos otro día, ta? Y la música está siempre ahí, es parte de la vida real. Además creo que es absurdo reescribir cosas que ya otros dijeron mejor, así que si se me viene, puedo meter un verso de Tabaré Rivero como un refrán popular o una cita más literaria. Pero particularmente las citas de canciones, su musicalidad, su ritmo, acompañan muy bien ese fluir del lenguaje. Y potencian el efecto; cuando algo suena con ritmo, queda sonando en la cabeza, o por lo menos eso es lo que busco.

Contanos un poco sobre tu vida literaria en los 80. ¿Cómo viviste Arte en la Lona? ¿Resaltás el crecimiento de un grupo generacional?

Arte en la Lona fue un gran logro, aunque bastante puntual. No porque no haya estado enmarcado en todos los otros eventos y procesos que se sucedían, sino porque las cosas eran más o menos así en esa época. Cada logro era puntual. Los cambios y procesos no seguían una línea de continuidad. Y no creo que Arte en la Lona haya sido tanto más relevante para mi generación en particular que para la cultura uruguaya en general. Una de sus fantásticas particularidades fue el congregar. Distintas disciplinas, distintas generaciones, distintas estéticas.

Además no creo que exista un grupo generacional. No hubo nunca un accionar o estrategia de grupo. Y si existe y yo no me he enterado, no creo que yo forme parte. Yo no percibo familiaridad estética ni temática ni de intencionalidad entre mi obra y la de ningún escritor de mi generación. Ni siquiera he leído mucho a los escritores de mi generación, y los que he leído —y  esto no es un juicio literario— no me gustan tanto, a excepción de Rafael Juárez. Pero hay que tener en cuenta también que tanto él como yo empezamos a publicar más tarde, o sea que tampoco sé muy bien a quién considerar y a quién no.

Más cosas en común encuentro, en todo caso, con poetas de mi edad, y de otros países latinoamericanos, como Malú Urriola o Roxana Crisólogo, o con narradores de otras partes del mundo. Pero que yo lo vea no quiere decir que exista, puede ser una percepción subjetiva porque simplemente me gusta lo que hacen, o me toca más que otros que también me gustan.

¿Y cómo vivís la literatura en Suecia? ¿Cómo es la recepción de tus obras, teniendo en cuenta su referencialidad? ¿Cómo fue publicar desde allí, seguirle hablando a un público uruguayo y seguir contando historias ubicadas en tu país natal?

No podría hablar de la recepción de mi trabajo aquí. Apenas un círculo muy pequeño de hispanoparlantes y académicos lo conoce. Más bien aspiro, llegado el momento, a escribir en sueco las historias que me regale esta sociedad. Pero por ahora no es más que una idea. Y los otros procesos, traducción, difusión, etcétera, que se den como se den. El trabajo de gestión es algo para lo que no me alcanza el tiempo.

Escribir desde otro lugar tiene aspectos negativos y positivos. Por un lado está el tema de la lengua. El no estar en contacto cotidiano con la lengua es algo difícil de manejar. A mí lo que principalmente me hace falta es escuchar a la gente, que es una de mis fuentes principales. Pero uno igual recibe en otras lenguas, traduce, interpreta y sigue adelante. Eso conlleva una influencia en la forma en que uno se expresa que hay que estar dispuesto a aceptar y a intentar utilizar. Al mismo tiempo se produce algo interesante con respecto a la propia lengua. Uno habla con chilenos, cubanos, españoles, y el castellano se te vuelve más universal, y eso a mí me gusta. Me da otros recursos que antes no tenía, aunque después se pula bastante. Las metáforas, las expresiones de otras culturas, abren otras líneas de pensamiento. Igual creo que inevitablemente mi castellano se vuelve más literario. Ya me dirán ustedes.

Por otro lado están las temáticas. Yo creo que estar lejos te da la posibilidad de ver tu propia sociedad casi como quien la mira de afuera, o por lo menos te da la sensación. Y eso te abre perspectivas, te distancia de lo que «todo el mundo» piensa sobre un fenómeno. Es muy liberador.

Recientemente respondiste sobre lo que contestó Leo Maslíah al cuestionario de ya te conté. Decís que «(…) La literatura uruguaya (…) es terriblemente homogénea; en eso estoy casi de acuerdo con Leo Maslíah. No porque las obras se parezcan entre sí, no creo eso para nada. Son los escritores los que se parecen entre sí. (…) Son blancos, bien educados y han leído mucho, o al menos, conocen muchos títulos y muchos autores y opinan sobre ellos» ¿Tenés alguna idea de cómo se puede hacer para incluir en el campo otro tipo de voces que no respondan a este grupo?.

Una parte del asunto es más de políticas en general que de políticas culturales. Tiene que ver con la discriminación social. Y la discriminación es un fenómeno estructural. Es muy difícil poner el dedo en la herida o determinar el momento exacto en que se discrimina al diferente. No es un fenómeno exclusivamente uruguayo ni mucho menos. Pero la sociedad uruguaya es una sociedad fragmentada que lo disimula bien, y eso lo hace más difícil. Lo que hay que hacer es educar, y elaborar políticas de inclusión. Pero Uruguay todavía está lejos de aceptar que el problema existe, aunque se avanza. Y no se diseñan políticas para solucionar problemas que no existen. El propio presidente salió a decir que Luis Suárez no era racista. Y yo no puedo decir que lo sea, no lo conozco. Pero creo que más allá de la persona Luis Suárez, si la sociedad iba a opinar, debería haber condenado su actitud. Sin embargo, se lo defendió. O al menos eso se dijo en la prensa, y es la prensa, en todo caso, la que crea las verdades y las problemáticas a enfrentar.

Otra parte del asunto es que ese fenómeno de la sociedad en general se reproduce en el ambiente literario, como en muchos otros ambientes. Se producen procesos más o menos endogámicos donde se prioriza la gente que se parece a uno mismo o que escribe parecido a uno mismo, o algunos de los grandes escritores. Hay un enorme temor de no estar a la altura de la prestigiosa historia de la literatura uruguaya. Y por eso se corre riesgo de frenar justamente lo renovador. De todos modos se cuela bastante por ese filtro, afortunadamente. Pero el proceso de colarse es muy exigente, hay que demostrar que uno puede, que ser escritor no es una condición social, o de género, que en la escuela pública se puede aprender. Y no tenemos una estadística de cuántos se dan por vencidos por el camino, o de cuántos ni siquiera se permiten pensar que pueden. Para cambiar eso se debería hacer son políticas de reclutamiento dirigidas a los más chicos. Hacerles saber que pueden. Podría sugerir montones de ideas; es en lo que trabajo, en el diseño y la coordinación de programas culturales para chicos de barrios marginales.

Además decís «(…) No soy una gran lectora de literatura uruguaya. Por la sencilla razón de que hago aquello que me gusta. No acepto ningún mandato ni profesional ni social de leer cosas que no me interesan para mantenerme actualizada, o para poder contestar cuestionarios. Y la literatura uruguaya no me ha interesado demasiado». ¿Ese desinterés responde a la homogeneidad social de los escritores de la que hablás o hay otros motivos presentes?

En primer lugar debo aclarar que no soy una gran lectora en general, creo que esa es, en todo caso, la razón principal. La lectura me produce una incontrolable ansiedad de escribir: los libros que no me parecen tan buenos, porque me desafían; los que me fascinan, porque me estimulan. Así que a veces dejo los libros por la mitad —para seguirlos más adelante, cuando tenga tiempo—, y me pongo a escribir. Pero después aparece otro libro y muchas veces quedan simplemente ahí. Suelo tener la mesa de luz llena de libros, pero están ahí representando intenciones. Aunque también hay libros que no puedo parar de leer, claro, y que echo de menos cuando los termino. A mí me gusta el arte que me mueve el piso, que me hace vibrar, o pensar. Leo con mucho más concentración ensayo —o incluso emoción a veces— que literatura de ficción.

Aparte de eso creo que tengo un problema de comunicación con muchas voces de la literatura uruguaya, es como si no me hablaran a mí. A veces ni siquiera entiendo. Y es algo que uno en particular quisiera encontrar en la literatura de su país, referentes comunes, identificación. Creo que tiene algo que ver con la vivencialidad, la energía. Pero no estoy segura de que responda a la homogeneidad. Hay escritores de esas características que son grandes escritores. Y es muy difícil especular con cómo sería la literatura uruguaya si la sociedad fuera más abierta y democrática. Lo único que uno puede constatar es que hay voces que faltan.

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