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marzo 29, 2013

 Valpo 

Por Hoski *

Encontrar ciegas manos el rostro perdido
(homéricas manos, manos de Ray Charles)

Hoski, Poemas de amor

            1.
Era de madrugada y yo estaba mamado en las calles de Valparaíso, caminando hacia la casa de Paloma junto a un grupo de poetas que a lo sumo conocía hacía cuatro días. Mi actitud no podía ser otra; insoportable, blasfemaba groserías sobre pijas, sobre Peñarol y sobre los porteños. ¡Qué acento el mío! Un grotesco silabeante aprendido en los baños de los bares de Santiago que combinaba hueones y pololas con palabras uruguayas de esas que la primera vez despiertan sonrisas entre los oyentes. Ahora ya no. Ahora solo podían despertar alguna mueca de complicidad lastimosa, lo que viene siendo claramente una cosa muy diferente...

¿Qué hacía yo ahí? Buena pregunta. Prefiero dar la respuesta en términos de causa eficiente y no de causa final. Estaba ahí porque había ganado un concurso literario organizado por la Intendencia de San José y la Fundación Pablo Neruda de Chile. ¿El premio? Una semana de tour turístico literario por Santiago, Valpo e Isla Negra. Las casas del escritor que daba nombre a la Fundación se combinaban con las lecturas y eventos organizados por esta. Finalmente, lo más interesante era la compañía de los jóvenes poetas chilenos del taller, los becados de la Fundación.

Así es como desde mi casa en una villa perdida de Canelones había ido a parar a un hotel frente al cerro San Antonio, en Santiago, y solo cuatro días después estábamos junto a algunos de estos muchachos en la tan alabada costa de Valparaíso. Los objetivos: visitar la casa de Pablito en las laderas del cerro (o lo que fuera) y dar un recital poético a la noche, un recital que nos había conseguido Alejandro, poeta, editor y guía durante mi estadía en Chile. Primero fue la casa de Neruda: un recorrido pedorro para turistas. Parece que todo en Neruda tiene que ser pedorro; su poesía, su imagen, su Premio Stalin de la Paz, sus casas desideologizadas y acondicionadas para los bichos turistas, los lectores. Gracias a Dios fue breve y no bien llegado el mediodía ya estábamos fuera, comiendo en un restaurante junto al presidente y demás autoridades de la Fundación. La comida, casi siempre de arriba; la plata solo quedaba para gastarse en cigarros (filtros largos; cigarros asquerosos y malquemados como paridos por la propia Bachelet); en cigarros y bebida.

Y justamente, de la comida pasamos al chupe. Era media tarde y los jóvenes poetas nos dirigimos a un bar en las cercanías del puerto. El lugar estaba hecho para marineros y un tipo de mujer parroquiana que yo no conocía en Montevideo. Objetos antiguos relacionados con el mar, algún banderín de cuadro olvidado, un imposible cuadro de Gardel sustituido por una cantante antigua, de aquellas de los años borrosos. En fin, no hubo otra que tomar: primero cerveza, después vodka y al final algo que se parecía al tequila. Las horas pasaron entre conversaciones, heridas narcisistas, deseos frustrados y charlas grotescas a los gritos in crescendo. Cuando salimos del bar, yo ya estaba bien en pedo, casi convencido de que las personas que estaban conmigo me importaban, que era imprescindible mantener el contacto.

Por último vino la lectura. No me acuerdo bien del lugar. Sé que era grande, que tenía escenario, mesas y una barra donde vendían vodka. Mientras esperaba seguí tomando el preciado licor de hielo, gastando la plata medio como por obligación. Finalmente llegó el momento de leer. Subí con mi guitarra, con la armónica colgada de un soporte, y toqué-leí mis poemas. Quince minutos. No se puede traer el sentido original de las palabras, pero puede usárselas con furia bajo la excusa de cualquier bronca presente, de la simple angustia de ser el personaje del escenario. Quince minutos inútiles. Bajé y fui a la mesa de mis nuevos amigos; seguí tomando, me prendí un cigarro y miré cómo recitaba uno de los muchachos de la Fundación. No era tan malo el asunto. Los poetas le ponían gana y la gente hacía el esfuerzo. Buen número de público creo. Un par de tipos se acercaron a felicitarme con timidez. El vacío iba cediendo, los nervios se aflojaban y hacía las paces con todos los receptores del universo. Nada, estaba casi contento. Y es probable que me durase hasta después de que todo terminara.
           
            2.
El plan era pasar la noche en la casa de Paloma pero no todos se prendieron; algunos decidieron volverse a Santiago cuanto antes, pues tenían exámenes o algún otro tipo de compromiso. A Paloma la había conocido esa tarde; vivía en Valpo y era amiga de Mario Borel, uno de los poetas becados. Buena gente la Paloma, era poeta under, alejada con razón del mundillo hediondo de la capital. En fin. Se nos sumó esa tarde en el bar y nos invitó a quedarnos. La idea no era mala.

Además de Paloma el grupo lo componíamos el barbudo de Alejandro, Claudio, Mario, un tipo muy gracioso de quien no puedo recordar el nombre y yo. Ellos, adelante, un poco borrachos pero manteniendo una conversación fluida sobre escritores nacionales, sobre libros e instituciones. Yo, en cambio, unos metros atrás, insultando, gritando cosas incomprensibles. Era necesario ser el ururuashhhho extravagante, iniciar el circo desesperado y exhibir mi degradación ante el mundo, como si ese mismo acto negatorio me excusara de ser lo que era. ¿Qué resultado se obtenía? El resultado es invariable, pase lo que pase se fracasa. De última ellos también se prestaban al absurdo, o al menos lo hicieron al principio, bailando, zigzagueando bajo los neones. De última, cuando su locura cedió, soportaron la mía como campeones, mis obsesivos pedidos de que uno de ellos repitiera conmigo «El Aio se clavó al Rafa» mientras lo grababa con una cámara prestada; mi actitud de uruguayo cabeza de piedra que le gritaba a los barcos llenos de containers que se callaran cada vez que hacían sonar sus bocinas insoportables desde el puerto hacia la rambla. Sin embargo (y por ello mismo), no dejaba de ser una de esas ocasiones en las que uno no se siente cómodo. A veces existe el contacto; complejo, narcisista, después de muchos años y tirado con otros borrachos en medio de una vereda mugrienta del Centro, pero existe. Otras veces—las más de las veces—, no, y cuanto más se empecine uno en ofrecerse, más espanto, repulsión o simplemente indiferencia causa. Lo deben recordar al gordo barbudo. Buena gente, medio pasado el hueón. No dejaba hablar a nadie, se metía en todas las charlas lleno de incongruencias, tapando todo sonido con su vozarrón imponente. Pero no era malo. Menos malo quizá que la imagen que a veces tiene de sí mismo.

Llegamos a la casa de Paloma. Alejandro dijo algo sobre el arco o sobre un mural que había en una de las paredes exteriores, dijo que era famoso, que el lugar era muy conocido. Le tomé el pelo, me puteó entre risas, «suerte que ya te vas en dos días uruguaio hueón me tienes podrido» y entró a la casa. Lo seguimos. Cerré la puerta, entré al cuarto donde íbamos a dormir y la vi a Iris Kiya. Iris era la ganadora del concurso Neruda en Bolivia y como yo había sido premiada con el tour. De hecho, estábamos hospedados en el mismo hotel, el Foresta, y habíamos compartido algún momento juntos a pesar de lo callada que era. Iris Kiya, media punkie, bándala confesa, alcoholes desconocidos en las calles de La Paz. Antes de volverme a Montevideo tenía que cojérmela. Había entendido rápidamente que era mucho más zarpada de lo que aparentaba en una primera impresión. Podía darme cuenta de lo deseosa, inmoral y falsamente sumisa que era; estoy esperando a que lo hagas, que des el primer paso, que me lleves hasta donde quieras, que me fustigues o que me pidas que yo lo haga contigo. ¡Ay, las mujeres de Los Andes! El silencio es el signo más rico de todos, el significante de mayor variación cultural… Pero con esos piercings, con esos tatuajes y esos poemas en prosa llenos de horror y cuerpos diseccionados podía comprenderlo todo casi con claridad. Ella misma te lo estaba diciendo. Tenía que cojerme a la boliviana. Sin excusas. Debía tomar coraje de alguna forma y mandar al diablo todas mis inseguridades.

Entonces, cuando entré al cuarto y la vi acostada sobre la única cama no solo me di cuenta de que la había borrado totalmente de mi mente y mis cálculos de posibles satisfacciones y frustraciones, sino que además lo comprendí todo con la lucidez propia de un borracho. Iris estaba pasada; una semana entera de joda la había liquidado. Esa noche, dos horas antes, le había pedido a Paloma que la llevara a su casa; necesitaba dormir, reponerse del pedo acumulado. Escuchá, Hoski, escuchá bien: es ahora o nunca. Vas, la despertás, metele onda, tas borracho, no hay culpa ni intenciones. ¿Entendiste? Bien, entonces la despertás con la farsa de que querés sacarle el lugar y como no va a querer dormir en los colchones sobre el piso, te va a proponer compartir la cama. Al menos no puede ser tan hija de puta de quedarse ella y echarte a vos. ¿Tiene algún derecho más que vos a dormir ahí? Dale, Hoski, rompele los huevos, no va a decir que no, está esperando a que lo hagas. Los dos están borrachos. Hoy te la cojés.

Pero no me la cojí. Era obvio, ¿qué podía esperarse? Yo mismo no hubiera apostado un peso a lograrlo. Mis amigos tampoco. En fin. De todas formas llegué a poner mi plan en marcha: entré al cuarto con la cámara en la mano y grabé mientras la despertaba. Levantate dale, te tenés que levantar, es de mañana, dale, dejame la cama que tengo sueño y en realidad me estoy haciendo el canchero para que me des pelota. Un malhumor de la concha de la madre, eso fue lo que gané; el malhumor y unos chillidos agudos y sin forma. Me reí. A mí me daba gracia la broma. A ella, no. Se levantó toda demacrada y se fue para el baño. ¿Querés la cama? Es tuya. No lo dijo, no es necesario que te digan nada. En el fondo nunca había dejado de ser el gordito de bigotes de primero de liceo. ¿En qué mierda estaba pensando cuando quise ganarme a una compañera robándole sus adherentes y burlándome de ella frente a toda la clase? La misma sonrisa de entonces. ¿Cómo explicarla? Un barco varado en la costa; una jota impropia en medio de dos consonantes.

            3.
Me tiro en la cama y todo empieza a girar. Mi cabeza, las cosas, mi discurso interno; me voy meciendo como sobre un bote. Un hombre que no ha estado así no tiene derecho a llamarse hombre. Dejarse a uno mismo en manos de otra cosa, sentir las profundidades y su vértigo. Porque ya es sabido y lo único que puedo hacer es referir mi experiencia al respecto: el mundo es una farsa, nuestras seguridades y la conciencia. No es apología del exceso, pero un hombre que no se haya desnudado un momento, que no se haya dejado ir sin negar o vulgarizar todo lo que puede verse, no es un hombre: es un rectángulo.

            4.
¿Ha llegado más gente? De pronto, no sé si allí o en mi recuerdo, de pronto somos unos cuantos en el cuarto. Varios colchones en el piso, amigos de Paloma que también han venido a quedarse, Iris Kiya en algún lugar no visible. Circulan un par de botellas, la gente conversa. La verdad es que no recuerdo nada. Existen muchas formas de ser un escéptico, una de ellas es instintiva y afecta la percepción. ¿Indiferencia? No, resistencia a lo vivido, borrado masivo del pasado. Con todo, las cosas no son menos dolorosas. No recuerdo nada.

Quizá hablaran de poesía. Quizá discutieran sobre algún autor en particular. ¿Estarían reeditando un debate académico o de tertulia? Puedo imaginarme gritando cosas desde la cama, entrando y saliendo de mi propio mundo como un bruto. Rimas infantiles con los nombres de los escritores y preguntas incomprensibles con la finalidad de agarrarme de la conversación y poder meterme. Lo sé: en algún momento llegaron al problema de la comunicación, lo mencionaron. Por fin, un gran tema y no una mera guerrilla historicista. Salí de mi introspección e inicié un monólogo cortando a los demás. No había posibilidad de comunicarse. Los lectores no me importaban. De hecho, tenía un libro prontito para editar: Poemas de Amor. ¿Qué esperaban encontrar? ¿Sonetos? ¡No! Ironías. La única manera de decir algo era empezar negando la posibilidad de decirlo; eliminando los lugares comunes o tomándolos por asalto.

Me ignoraron. De seguro me ignoraron como ignoraron mi poemario en la tarde del bar, como lo ignoraron el Presidente de la Fundación y los dos editores chilenos a los que les regalé un borrador impreso. Siguieron conversando y yo me volví a mi cueva. El efecto retroactivo del alcohol me internaba en mí mismo. Entraba en un mundo borroso, un otro Valpo que no era la casa de Paloma y sin embargo no me era menos vertiginoso y ajeno. Todo se mueve y no recuerdo nada. La densidad de una selva, un espacio sin tiempo.

Pero entonces apareció la dueña de casa y rompió a medias el hechizo. No sé muy bien qué fue lo que me dijo, o si me dijo algo. Pero ciertamente ella me llevó a los afiches de la pared y los afiches, al chiste que ya había hecho toda la semana. Luchas estudiantiles; convocatorias a marchas e ironías contra el gobierno, todo en colores. Me recosté en la cama y lo grité a uno de los colchones. ¿De qué se quejan acá en Chile? Tuvieron el mejor presidente de Latinoamérica. No solo les dejó paz, sino también, la mejor de las economías y una educación envidiable. Esta vez sí hubo un efecto. Un loco me trató de idiota. Con eso no se juega dijo el barbudo que se parecía de alguna forma a Alejandro. Yo tengo familiares desaparecidos. Para mí no es una broma. Para mí, estaba dejando de serlo.

Le pedí disculpas al tipo, y lleno de vergüenza decidí que lo mejor era quedarme en mí mismo y ya no salir más por esa noche. Las disculpas me las dieron a regañadientes. Yo por mi parte cerré los ojos y aunque el movimiento no cedía empecé a sentir el sueño trepando más torpe que de costumbre. De alguna manera estaba dormido, borracho hasta las manijas y dormido, mientras los demás seguían la joda y el tipo de los familiares desaparecidos se iba acostando en todos los colchones como luego lo supe al ver las fotos de Mario, de Alejandro o del tipo gracioso cuyo nombre aún no he podido ni me interesa recordar.

            5.
Durante esa semana habíamos salido todas las noches, Alejandro siempre presente, alguno del taller y la mitad de las veces, la joven poeta boliviana Iris Kiya. Alejandro tendría treinta, trabajaba en el sur como docente y hacía de guía para la Fundación. ¡Qué figurita! Enojón y pendenciero pero ante todo chileno bebedor y amante de la parranda. Recorríamos todos los bares, conocíamos a todos los poetas y músicos de Santiago y Alejandro no pasaba media hora sin discutir con alguno de los presentes. Casi cualquier tema o circunstancia le servían de excusa, siendo que tenía especial predilección por el servicio negligente de los garzones y la soberbia desencantada de los poetas chilenos de mi edad.

Nuestra relación era buena porque a pesar de ser igual de testarudos sabíamos mandarnos a la mierda y poner la distancia saludable sin enojo ni explicaciones. También porque éramos cómplices y a diferencia del ganador uruguayo del año anterior yo le seguía el ritmo con decoro y no pedía para volverme al hotel antes de las dos de la mañana. Sin embargo, existía algo más, cierta empatía negada, la pertenencia indiscutible a una misma especie. Ambos ratas desprolijos, miserables mendigos de cigarros y dinero para comer y para seguir la joda; ambos buscadores y ridículos en sus pretensiones. Sí, aunque fuese más pudoroso, aunque se refugiase en la caballerosidad amorosa y la defensa de los valores y la Fundación Neruda, Alejandro era mi pariente lejano olfateando la noche, porfiado a no abandonarla hasta no ver lo que quién sabe se espera de ella. De alguna manera éramos iguales. Por eso mismo le tengo cierto aprecio y a la vez ha dejado de importarme. Alejandro, el único que me ofreció la edición del Poemas de Amor y no sin discutírmelo en varias mesas. Imaginarme un texto mío firmado como José Luis Gadea solo al Alejandro se le ocurre…

Pero claro, lo que más recuerdo de esas salidas es mi ansiedad. «Me cojí una por día, promedio», me dijo mi amigo Esteban una semana antes de partir para Santiago. Las chiquilinas habían enloquecido con los uruguayos de su compañía teatral. Yo, que también era uruguayo, que también estaba en Chile y además era no solo escritor, sino también músico, esperaba hacerme de la atención y la seducción de todas las muchachas. Bastaría una conversación, unos versos bien recitados. Lo único que podía cuestionarme era si me las iba a clavar a todas o pensaba buscar a alguien que valiera la pena y pudiese enamorarme.

No solo fracasaron mis expectativas, sino que además se demostró mi total incapacidad para escapar de mí mismo y preocuparme por los otros. Deseaba desear los oídos para alguien, y ahí andaba, mintiéndome de a ratos, sufriendo en otros. En última instancia siempre sabía que nada me importaba y todo estaba condenado al olvido, los nombres, buena parte de las historias y los mismos personajes y circunstancias. La noche era profunda, y era profundamente vacía.

Y paradójicamente, el resultado de todas estas frustraciones no era más que el acrecentamiento de mi deseo, el sumirme en mi propia excitación sin objetos y en el anhelo de una exterioridad imposible (una confirmación pero ¿de qué?). Primavera de mí mismo, río hormonal. Me sentía libre de algunos lazos, esencial y despojado de cosas que nunca habían sido mías. Santiago la católica, Santiago la reaccionaria me ofrecía una generación de muchachos artistas mucho menos pacatos y morbosos de lo que lo éramos yo y el resto de los imbéciles cisplatinos. Sí, idealizaba. Pero algo había cambiado y lo sentía en el cuerpo. En Uruguay dejaba atrás una relación patológica y traumante cortada hacía seis meses y el posterior deseo de descubrirme, de llevar mis deseos hasta el extremo de lo acultural obsceno. Luego: esconderse como un niño, ocultarse bajo un manto o salir corriendo. No había hallado la ternura ni la inteligencia; no me había convertido en Macbeth ni en el marqués de Sade. Había seguido siendo un muchacho frágil, sin amor y sin maldad. Y sin embargo, ahora sentía el palpitar, el desborde genuino. Volvía en el aire diez años atrás, al sillón de la primera paja y el temblor eyaculante de la vida…

La cosa fue in crescendo. Primero fue lo de Iris Kiya, su visita a mi habitación el segundo día. Aquella vez leímos poesía, tomamos cerveza y comimos unos alfajores que estaban en el freezer del hotel. No me animé a insinuarle nada. Supe que tenía novio, y que había conocido a un poeta chileno por internet con el que salía a recorrer la ciudad en vez de respetar los itinerarios de la Fundación Neruda, para furia de Alejandro y del Presidente. Aquella vez disimulé lo que estaba pasando: ella estaba en mi habitación, yo la deseaba, y ambos formábamos parte de las cosas que hacen los seres humanos, mucho más cuando viajan y conocen a un extraño. Me cojí a una boliviana les hubiera dicho a mis amigos cuando preguntasen por mis aventuras. Pero ese día me conformé con saber que existían las posibilidades de encuentro que me había formado antes del viaje.

Luego vino la repetición del ritual del chat y las páginas de contactos, con el agregado de que ahora yo era extranjero, lo que me hacía ser más cotizado. ¿Qué orgías, qué tríos podía conseguir? Estaba de paso y eso significaba ser algo más que un humano, algo más lejano y menos mediocre que todo lo conocido. No solo sería un extraño entre sus sábanas, sino un extraño de otro lugar del mundo, un joven de aire místico y con una gestualidad corpórea tan excitante como su acento. En la mañana, después de desayunar gratuitamente en el restaurante del hotel, bajaba al cyber de la esquina con cabinas totalmente privadas y ceniceros. No pude concretar nada y mi locura pessoana de extranjero de mí mismo derivó únicamente en unas cuantas pajas. Miraba la calle a través del vidrio, sobreexcitado al punto de perder el punto desde el que había partido.

Pero lo que verdaderamente me alteró fue conocer a Jorge. El encuentro ocurrió una noche, después de una sesión del taller Neruda en un bar de Santiago. Él no era uno de los becados, y aunque entonces no lo supe, solo tenía dieciocho. Recuerdo una charla con alguien muy generoso, el arreglo para una lectura en el Chancho Seis, una discusión de Alejandro y mi borrachera grabada en el baño del lugar. Luego apareció Jorge. Hablamos, hubo onda o yo creí que la hubo. Fue solo eso, pero me impactó. Ya había cojido con hombres, una cuestión fálica y de cuerpo; nunca me había gustado uno. Me sentía capaz de algo profundo, de una entrega que no conocía hasta entonces. Me conmocioné. Me caíste muy bien, le dije, me gustaría volver a verte antes de irme, tomar una cerveza y charlar un poco. Y como era amigo de uno de los talleristas, me hice con la esperanza de volver a encontrarlo en otra de las salidas.

Al final se desentendió de mi ofrecimiento del teléfono del hotel y prometió  andar en la vuelta. Le dejé mi mail, él me dio el suyo. Jorge había destrabado algo, algo más complejo que toda esa idiotez del clóset que es la manera anglosajona e imbécil de entender. Jorge no lo sabe (no lo vi más, charlamos a veces por Facebook; ya no siento ni puedo revivir nada); Jorge no sabe que a partir de esa noche me convertí en un animal. Fui al hotel y me depilé, me compré condones; algo estaba a punto de pasar. Era un animal encadenado deseoso de libertad; un animal alzado, patético y desesperado.
           
            6.
Me voy a tener que acostar contigo: contra la pragmática, la voz careció de sujeto; contra el hecho mismo de que sonara en un momento de la madrugada, la voz dijo fuera del tiempo.

            7.
Hoski seguía durmiendo y su sueño era un estanque lleno de peces deformes; el movimiento persistía pero entonces era un movimiento suave, de aleta, de alga fluctuante. Cuando Hoski despertó solo tuvo conciencia de su cuerpo, sudoroso y torpe bajo la frazada con la que alguien lo había tapado. Su sueño se había roto desde dentro hacia fuera, y su entrada en el mundo era un poco más vertiginosa que de costumbre.

La pija estaba parada. Sobre ella el bulto de otro cuerpo, una boca chupando. Lo sentía claramente, el placer había subido consigo desde la profundidad de la inconsciencia. Era como esas veces que se dormía alterado y desnudo, y se despertaba a medianoche con la mano propia pajeando como si fuese extraña. Le costó unos segundos, pero empezó a comprender que las manos y la boca esta vez sí eran ajenas.

Pero eso no era todo: además de su cuerpo, del otro cuerpo y del particular contacto, existía un mundo, una pieza llena de gente en una casa de alguien en una ciudad extranjera que nunca había visitado. Terror. ¿Están despiertos? ¿Pueden ver lo que está pasando? La putísima madre, cómo mierda hago mañana, seguro hay alguno que no duerme. Hoski intentó moverse pero su cuerpo estaba más en pedo que su mente. Nada. Agarró la cabeza del loco y la sacó de su miembro. Ta, no sigas. Pará, dejá de hacer eso. Pero el tipo siguió insistiendo y solo se detuvo para susurrarle: ¿los uruguaios son todos como vos? Sí, por fin sacaba rédito de su condición. ¿Le habría atraído el tono, el color de piel o su carácter charrúa? Ciertamente no lo dijo. Sin embargo estaba encantado con esa pija, con lo peludo de Hoski y el calor que había en la cama. Me gusta, me encanta, intercalaba entre lamidas. ¿Todos los uruguaios son como vos?

Tengo que hacer algo, qué va a pensar la gente, se repetía Hoski tan absurdo como la situación misma. Es rico sí, y debe tener linda verga. Pero no se puede. Alguien debe estar despierto. Y más allá de la cama era la realidad nouménica, cierta pero inaccesible por el hecho simple del alcohol afectando la motricidad del cuerpo; Hoski se dejaba ir y resistía en el fondo de sí mismo, castillo pequeño pero bien antiguo. No. Pará. Dejá de hacer eso, es tremendo ruido. No solo era el ruido, también el movimiento de la cabeza subiendo y bajando, el bulto deforme bajo la frazada. Hoski siguió protestando y logró que al menos el otro se diera vuelta. Ya no lo peteaba, lo cual era un alivio; ahora se limitaba a pajearlo lento mientras la otra mano acariciaba su cuerpo.

Quedaron frente a frente, de costado. Hoski tanteó sus nalgas. Eran gorditas y peludas, como las suyas. Pero no era eso, sabía que no era eso. Entonces fue bajando la mano hasta tocar el bulto. Cinchó el calzoncillo y empezó a manosearla. Tanto tiempo sin una, la sentía bien rica. No hay nada comparable al endurecimiento de una pija entre las manos.

Ahí estaban, en espejo, ciegos y ejecutando alguna especie de egoísmo, el mismo egoísmo de todos los encuentros. Hasta entonces solo eran dos desconocidos. Pero no por mucho. Hoski pajeaba afiebrado y loco, como llevado por las olas y pudo verlo a los ojos. Me gusta, le dijo el otro, me encanta tu verga de uruguaio y ese último uruguaio le sonaba de la noche, una reminiscencia de madrugadas soñadas o antiguas. Entonces seguía teniendo su cara enfrente. La barba, el pelo largo: eran claras las facciones en lo oscuro de la pieza. La concha de mi madre que es este tipo. ¡Es él, es él! ¿Cómo mierda hago mañana? ¿Cómo hago para seguir mirándolo el resto de los días? Y no por eso dejaba de pajearlo. Se ahogaba, se perdía y gritaba como en tercera persona, imposible de asir siquiera el nombre, de escapar de las abstracciones. Como si el sueño jamás hubiese terminado del todo…

El tipo volvió a inclinarse sobre la verga de Hoski. Una parte de sí creía saber que se trataba de Alejandro y aullaba escandalizada; la otra simplemente intuía la presencia de otro cuerpo, sin identidad y una conciencia únicamente asimilable a lo que podía hacer con las manos, la boca y quizá la pija. ¿Es o no? ¡Es! ¿Cómo mierda pasó esto? ¿Cómo carajos lo explico? El otro se llena la boca y Hoski busca su miembro con torpeza. Como una Ggracia Divina, acude a salvarlo una lucidez deforme sacada de vaya a saber dónde. Tas mamado, tas recontramamado. No sabés si es. ¿Y si es, qué mierda vas a hacer ahora? Dejá que pase. Calmate un cacho y cojé. Estas cosas pasan en los campamentos, en las pillamadas; siempre alguno se coje con alguno y si alguien mira, maldito sea su insomnio, que es normal y a veces no vale la pena ni contarlo. Pero en el fondo, la ambigüedad era un cálculo de riñón indisoluble, pesando y doliendo en las vías urinarias del ánimo. ¿Era Alejandro? ¿Realmente era Alejandro aunque aún no hubiese conseguido atrapar el nombre y tan solo sospechase en abstracciones? Verosímil no era, pero eso no probaba nada: la verosimilitud yacía muerta en alguno de los colchones o quizá debajo de la propia cama.

Hoski vuelve a pedirle que no lo haga, que disimule un poco. El otro se da vuelta y se pone de costado, el culo contra la pija de Hoski. Cojeme le dice. Pero Hoski no tiene los condones arriba y sin condón no coge. Además, en qué mierda está pensando, cómo se lo va a cojer. No puedo, metemos tremendo quilombo, la gente se va a dar cuenta. Cojeme es la única respuesta, cojeme por favor y Hoski solo atina a refregarle la verga. Le manosea las nalgas, le pone la pija en la raja y se mueve. Pero eso lo ha hecho muchas veces y no le excita tanto. Darle a un macho no es lo más interesante, está bueno, no lo niega; pero un macho, lo que le excita de un macho es jugar a ser la puta, el morbo de ser pasivo de las pajas en el baño. No, en ese momento lo que quiere es otra cosa, ir más allá. Y como están en cucharita vuelve a agarrarle la verga. Le saca el capuchón y la masturba con ganas. Pero el otro quiere su pija. No quiere la mano de Hoski. Dame, cógeme, y le conduce el miembro hasta el agujero del culo. Pero no va a ser. Hoski no tiene condones. No puede, se lo cojería aunque no es lo que más le caliente en el momento pero simplemente no puede. Y se da vuelta. No dice nada, necesita ser comprendido. Lo que quiere es otra cosa.

No, no me gusta. Cojeme vos a mí, y se resiste a la mano de Hoski que intenta girarlo. Otra vez en espejo pero a la inversa. Culo con culo, sin posibilidad de comunicación posible. Los cuerpos se habían extraviado como se extravía todo en la vida. Los deseos a veces tan claros y evidentes se perdían, se hacían arbitrarios e imposibles. Si este Alejandro indefinido hubiese sido un macho activo, Hoski no lo hubiese soportado. No, no quiero que me cojas, si no entregás vos, yo tampoco. ¿Quiénes somos, qué mierda es lo que queremos? Hoski empezaba a no estar excitado.
           
Entonces el último intento: vamos a mi casa, ahí podemos cojer tranquilos. Irse eran unos cigarrillos, un desayuno probable, algo más de vodka. Pero no podía. Si se iba, los demás lo buscarían, estarían extrañados de no encontrarlo, a dónde mierda se fue el uruguayo. Si arranco ahora y no estoy antes de las once, no puedo tomar el ómnibus y estoy solo en una ciudad que no conozco, sin celular y sin el teléfono de nadie. No puedo. Me voy a dormir y Alejandro me va a romper el culo. Mañana cuando media Fundación Neruda me ande buscando por todos lados, van a saber que no pude volver a Santiago por quedarme a garchar con un extraño de Valpo. No puedo, dijo y el otro se dio la vuelta. Culo con culo peludo. Fin de las tratativas.
           
            8.
Y sin embargo, aún tiene la pija parada. Después de todo se da cuenta de que quería cojérselo. Sí, estaba de regreso de todas las postergaciones, el juego terminado, vacío y desesperado. Lo habían rechazado y se quedaba con ganas. Con unas ganas diferentes. No el deseo frío e intelectual, no el deseo Lady Macbeth. Simplemente ganas de montarlo, como se monta un perro a otro cuando el cuerpo se lo indica.

Entonces se da vuelta con torpeza, se pone otra vez en cucharita apoyando las nalgas del otro y repite dudoso el movimiento de la pija en la raya, como si un mismo gesto tuviese en potencia todos los sentidos posibles. Arriba, abajo, golpea sin ímpetu, sin creer demasiado en las posibilidades de penetración. Es que no quiere, cómo va a querer con un tipo como Hoski, se dio cuenta de cómo era, de qué iba su cabeza. Te va a rechazar, ya sabés cómo funciona y sin embargo insiste acuciado por su animal interno, monstruo tardío y deforme entre todas las imágenes autoimpuestas que Hoskito se había hecho de él. Sos más patético y desesperado, mirate un poco, pajero, perdiste la mística y volvés al fracaso que es el lugar que más te gusta. Y le manosea el culo con frenesí nervioso, con tartamudez táctil y yemas intelectuales.

Pero solo obtiene indiferencia. Nada. Ni lo saca ni lo incita. No, sabés que no quiere. O tal vez sí. No hay manuales, nadie enseña qué hacer en estos casos, y si lo enseñara, lo echaríamos a patadas; nadie nos enseña a darle importancia y real valor a las enseñanzas sobre situaciones imprevistas y así hasta el infinito de la concha de la madre. En fin, no quiere. O sí. Le toma la mano e intenta colocársela en la pija. Por favor pajeame, le dice, chupámela por favor, no me dejes así. Pero el otro lo rechaza y se suelta con violencia. Se resiste al agarrón, se molesta y aún así no lo echa. Y Hoski que necesita acabar, que está cansado y caliente, con los huevos doloridos. No puede irse así, tirarse a dormir masticando la rabia y la calentura. Conoce bien la sensación, noches de verano incandescente como un faro en el medio de la oscuridad de la cama, y la otra persona ahí, cuerpo, agujeros negados. No puede quedarse así, necesita liberarse, calmar al perro famélico y al loco sadiano que controlan la mayor parte de sus horas.

Y aunque la indiferencia silenciosa del otro lo destruya en lo más íntimo, toma su verga dura y empieza a pajearse. Suave, rápido y con furia; después para y respira el aire absurdo que lo rodea, reconociéndose más en pedo que nunca. No necesita de imágenes, no necesita de la ayuda del otro, de su interés o su colaboración activa, no necesita de recuerdos ni de motivaciones. Me acabo. Lo siente venir. Es el blanco vacío del semen, el olor agrio de la leche, el polvo del que venimos y al que vamos, la imbecilidad misma de no haber escapado a la sentencia de una moral maldita como bien se aprende en los putos libros de filosofía. Me acabo, me acabo y la cabeza de la pija martillando contra la raya. Se ha acabado, la leche se desparrama entre los pelos del culo. Y yo tan falo caído. Tan chorreante de vida sin vida: tan grotesco, tan vaciado, tan frío; tan idos esplendores de obelisco triste.


El joven chileno se limpia en las sábanas. Detrás de su silencio están igualmente la soledad y la desesperación, el vértigo del pedo. Pero él no piensa, se deja ir sin dolor, naturalmente; no se culpa ni se arrepiente por lo que no ha podido lograrse. Como todos, busca las cosas donde no debe, sin permitirse pensar que tal vez ninguna de ellas exista. Y mientras se sube los calzoncillos, solo quiere dormirse abrazado con Hoski, el muchacho uruguayo sin nombre, tan contingente como el resto de las personas. Sin mortificarse con la metafísica de saberlo desconocido y prescindible; simple y práctico: el único que no lo echó de su cama.

Entonces me pidió que lo abrazara. Yo me sentía culpable, extraño de mi cuerpo. Lo que antes había sido tierra se anegaba totalmente y yo no era más que una isla sin sentido. Nada de lo que pasaba tenía que ver conmigo. La borrachera, la casa de Paloma, la cama y el otro, mi pene goteando obsceno e hiriente. Y lo abracé, nos pusimos en cucharita. Nunca había dormido así con un hombre. Cerré los ojos y traté de meterme en el sueño. No, claro que no era posible. No sé qué ilusión podía hacerse él del encuentro fortuito de nuestros cuerpos; yo por mi parte sabía que no había abrazo posible. Estaba solo, solísimo, durmiendo con otra soledad en un mismo espacio, bajo la nube incierta de algún equívoco que nos involucraba. ¿Qué valor tendría yo como signo? Espero no creyese en redenciones, para eso ya estoy yo que soy imbécil.

Y así tan iguales, tan barba y pelo largo, tan perseguidores y a la vez tan disímiles, se duermen juntos. Ya no importa que alguien pueda verlos, ha ganado el cansancio. El cansancio y la aceptación del fracaso. Ni Jorge, ni los comienzos auspiciosos de la noche entre muchachas danzarinas y simpáticas. Todo había quedado lejos, una prueba más de que no puede cambiarse lo que se es, de que uno tiende a repetirse en el tiempo como quien desenrolla una cinta de casete. ¿Qué había pasado con el animal salvaje y la adrenalina de los días en el hotel? ¿Dónde estaba el deseo imponente, egoísta y sincero que lo había dominado? No quedaba nada, nada excepto la resaca de lo mismo, dos años recientes de remiendos a una relación perversa fundada en el mesianismo y la baja autoestima de ambos, su adolescencia y la última mina con la que había salido, la estupidez de creer en utopías, de confiar en el olfato de todas las puertas escondidas hacia calles imposibles, ¡qué digo!, de esperar a alguien o a algo, a uno mismo, y no obtener por respuesta más que la obsesión de los espejos deformándolo todo. Así era Valpo, su Valpo. Tan solo otro camino para llegar a los mismos sitios. Y sobreviene otra vez el sueño. Son las cinco. O las seis. Se duermen.

            9.
Al final llegó la mañana. Como me pasa siempre, no pude dormir más de las ocho y fui el primero en levantarse. Mi estado era demasiado predecible: dolor de cabeza, olor a alcohol, sudor por todas partes y mugre de procedencia no identificada debajo de las uñas. El recuerdo me rondaba como una mosca y aunque mi culpabilidad no tenía aún crimen concreto, la evidencia suficiente del exceso de por sí ya me iba condenando.

La cuestión entonces fue conseguir un cigarro; algo de comida era una quimera. Solo un cigarro, un poco de tabaco para armar, algo que pudiera fumarse. Me levanté y recorrí los colchones pero no encontré nada. Malditos filtros largos, malditos borrachos fumadores de Chile. ¿Qué mierda iba a hacer ahí adentro tanto tiempo, sin fumar, sin comer y sin poder hablar con nadie? Desperté a Paloma, ¿te animás a abrirme?, ¿no tenés un pucho? Y salí a la calle a mirar los autos, el súper demasiado lejos y yo con miedo de perderme. Las horas pasaron, la gente se fue despertando. Una imagen, otra, la misma: la noche se repetía como quien repite un chorizo mal digerido.

Un rato antes de la hora de partida apareció Alejandro y por fin pude comprar comida y cigarros para los dos. No, no había sido él. Y aunque saberlo era realmente un alivio, la impresión de mis temores no se me iba tan fácil. ¿Qué te pasa uruguaio, te veo muy caiao? Qué lástima no has estao así toda la semana. Me pasa que te veo cara de puto, y me dolía no tener a quien contarle lo que me había ocurrido. De hecho, entonces no tenía ni cómo contarlo. No quedaba otra que vivir y soportar. Demasiado era no autodelatarme con tanta negación y persecuta. Dormiste abrazadito decía la Iris Kiya, dormiste con el tipo que se tiraba en todos los colchones. Y para entonces ya nos habíamos ido. Adiós a Paloma, adiós a Valpo con sus casitas de colores, con sus lomas y su Neruda coleccionista. Arrancó el ómnibus, volvemos a Santiago. La boliviana tenía razón. Había dormido con Ruth. Por delante más de lo mismo. ¿Cuántos años tendría que soportarme? ¿Cuántas ilusiones desvalidas tendría que parirme antes de verme muerto? Adiós Valpo, adiós. ¡Que te vaya bien y la próxima vez te encuentre![1]

Hoski, 5 de Marzo de 2012

                  *Agradecemos al autor la gentileza de permitirnos publicar este cuento.



[1]              Al tipo no lo vi más, ni siquiera en la mañana. Lo interesante fue saber que no era el único uruguayo que lo había conocido. Mi amigo, el poeta Santiago Pereira, ganador de la tercera edición del concurso, me contó hace tiempo lo que le habían advertido en uno de los bares de Valparaíso: cuidado con ese, que no entre contigo al baño... No, después de todo yo no era un uruguaio tan especial. Y es que entre tantos episodios memorables vividos en el under, el tipo había sido descubierto en el baño de una casa. Su compañero: un tal Fernández, el primer ganador del Concurso Neruda en nuestro país. ¡Qué pequeño el mundo y qué orgullo! Si me leyese Chiruchi... ¡Viva Uruguay carajo! ¡Vamo arriba!

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