septiembre 15, 2013

Después de tanto ajetreo necesitábamos un descanso, un alto para volver renovados y con novedades. Si es que nos extrañaste, volvemos para avisarte que este equipete continuará batallando por las nuevas narrativas... así pronto habrá novedades de nuestra escala en Montevideo cargada de sorpresas para que no te olvides que la literatura es una fiesta. 

Para el regreso, elegimos publicar este pan de Carolina Bello, una escritora que promete y que acaba de sacar su libro Saturnino por la editorial Trópico Sur. De paso, les contamos que los panes irán renovándose y virando a un tono más subjetivo por parte de sus hacedores. En este caso, Carolina nos propone su mirada sobre la aventura de leer en la web... pasen y lean que mal no hace.

 Elige tu propia aventura 

por Carolina Bello


Elige tu propia aventura se llamaban los dos ejemplares que mi hermano se había ganado en una kermés del barrio. Para mí, por entonces una niña de no más de diez años, la lectura de aquellos libros era escaparme de la tierra baldía de un domingo con amigos de vacaciones, o de una tarde de Don Francisco y Canal 10. Esos libros eran el punto de fuga de mi paciencia: el quiebre de la lectura sintagmática, la posibilidad de elección, en el acto, de construir las pistas de la narración. Esa fue el primer acercamiento a esas literaturas , en las que la narración, si bien no deja completamente su resolución a libre arbitrio del lector (después de todo el texto literario siempre es intencionado), especula con las posibilidades paradigmáticas del pensamiento de aquel que actuliza la lectura. Los libros que plantean una lectura paradigmática mediante la cual se le otorga al lector la posibilidad de romper un esquema de linealidad y de elegir cómo sigue la historia son una virtualidad manifiesta, el hipertexto sin clic.

El grado cero de la lectura en internet es el hipervínculo. Sin él, la red no podría concebirse como lo que es: una estructura cuya metafísica siempre exige moverse de un lugar a otro a través de un hipertexto que llenará los espacios vacíos cognitivos, o la curiosidad de aquel que busca algo. En Internet, el lector ya no es aquel que elige su propia aventura, sino un sujeto que es elegido, interrumpido, abrumado.

La lectura en internet tiene sus propias reglas. El lector no lee siempre de principio a fin un contenido. Por ese motivo es que, entre otras cosas, el periodismo en internet ha tenido que reinventarse. El lector, impaciente, ya no lee notas; lee, a lo sumo, copetes o primeros párrafos. Escanea la pantalla a través de lo que se denomina «zonas calientes»: una especie de zeta imaginaria que el lector traza con la vista desde el ángulo superior izquierdo del monitor al ángulo inferior derecho. El que escribe para internet sabe que el uso prudente de la negrita, la acertada construcción de un link, y los subtítulos, aseguran tiempo del lector en la página antes que algún elemento emergente lo distraiga, o tenga la necesidad de cliquear un link para agregar información.

Internet parece funcionar como un mecanismo mimético de la estructura asociativa del pensamiento, y por eso no puede concebirse como un eje sintagmático. En la red no hay principio ni fin, y la referencia es tan endeble como un error de servidor.

Capítulos prescindibles

Dentro del nuevo paradigma de lectura que implica la web, ¿cuál es el lugar del texto literario? El surgimiento del blog como herramienta textual supuso un reducto sin pactos de copyright y sin letra chica de contratos editoriales, cuya firma no garantiza legitimidad. De este modo, todos los parias del circuito —por aquel entonces, casi inexistente— de editoriales independientes, y con alguna intención literaria, vieron en esta nueva forma de difusión una oportunidad para volcar sus textos y compartirlos. Muchos de los autores uruguayos contemporáneos jóvenes que hoy tienen libros publicados se dieron a conocer en un blog.

El blog supuso, además, otra novedad desde el punto de vista creativo: la posibilidad de comentar el texto publicado por el autor. En ese sentido la obra nunca fue tan abierta, y aquel significado unívoco que el autor otorgaba a su texto (el autor siempre tiene una intención) se amplió en dimensiones ilimitadas, conforme los lectores interpelaban su creación. Aun así, el texto del blog siguió pugnando por legitimarse en el canon de «lo literario». Pero no hubo alcance, calidad, difusión virtual o masividad que legitimara a un tipo que escribe solo en un blog (y que jamás ha publicado un libro) como «escritor». Sigue siendo necesario llegar al papel, entrar en el circuito de distribución, editores y libreros.

El texto literario en internet supuso no solo un cambio de paradigma en el circuito de difusión literaria, sino una nueva forma de concepción de la escritura. De este modo, la literatura, antaño compartida en el misticismo del café y las generaciones,  hoy se vuelve parte de una estructura ilimitada llamada Internet. Ganó difusión, ganó espacio, pero perdió significación en la actualización de los lectores. La semiosis del texto literario no puede ser simple y demanda atención: ahí donde todo significa sustancia y forma, significantes o significados. Entonces, si partimos de suponer que el lector de internet ya no lee, sino que escanea, es posible pensar en una pérdida de calidad en la actualización que el lector hace del texto literario en internet.

No faltan los que aún presionan imprimir para leer un cuento publicado en la red, en algún ratito en que la concentración no esté sujeta a todos los elementos modales (actualización del antivirus, pop ups, ventanitas de chat que se abren, mails que llegan) que condicionan la lectura a la interrupción y, por ello, al desvío permanente. Esos elementos atentan contra la isotopía del texto literario y desfragmentan la construcción de sentido.

Escribir en la web, en muchos casos, es invertir tiempo y ganas por afiliarse al precepto de que el conocimiento siempre es mejor circulando que estático en algún cajón. La discusión se corre del eje de la difusión para centrarse en la actualización que los lectores hacen del texto virtual. Ese en el que seguimos eligiendo nuestra propia aventura, y en donde las tramas del texto literario son socavadas por las condiciones del medio que les da entidad.

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